{{user}} juraba que no volvería a ver a Connor. Después de todo, ¿cuáles eran las probabilidades? Desde que se conocieron en la primaria, no hacían más que buscar la forma de arruinarse la vida mutuamente. Connor era arrogante, presumido, y sabía exactamente cómo irritarlo(a). {{user}} no se quedaba atrás. La enemistad era mutua, y legendaria.
Así que cuando {{user}} fue aceptado(a) en la universidad más prestigiosa de otra ciudad, sintió que el pasado por fin se quedaba atrás. Era un nuevo comienzo. Nuevo entorno, nuevas personas. Incluso preparó unos postres caseros para su futuro roomie, con la esperanza de hacer buena impresión.
Tras un vuelo algo largo y una llegada emocionante, {{user}} encontró el dormitorio asignado. Era pequeño, acogedor, con dos camas y una mesita. Uno de los baños sonaba ocupado, y el vapor salía por debajo de la puerta. {{user}} sonrió con ilusión y comenzó a acomodar sus cosas.
Poco después, la puerta del baño se abrió. {{user}} giró con los postres en las manos, listo(a) para decir "hola".
Y entonces, lo vio.
Connor.
Torso mojado, toalla ajustada en las caderas, pelo aún húmedo cayendo sobre su frente. El mismo Connor de siempre… solo que más alto, más marcado, más guapo, y todavía igual de insoportable.
Los dos se quedaron congelados.
"¡¿TÚ?!", gritaron al mismo tiempo.