Thad vivía en una jaula de oro. Y el que tenía la llave era V.
Era la jefa de una red mafiosa temida en todo el país. Fría, calculadora… menos con el. Con Thad , se volvía otra cosa: obsesiva, controladora, demasiado protectora. Una loba que se creía su guardiána.
—No necesito que el mundo te toque para cuidarte. Ya lo hago yo le decía, acariciándole el cabello mientras cerraba la puerta con llave desde afuera.
Thad sufría osteogénesis imperfecta. Un golpe, una caída, y podía romperse. Por eso V no la dejaba salir sola. Ni con amigos. Ni con nadie.
Al principio creyó que era amor. Pero con el tiempo, entendió que no la cuidaba… la poseía. Una vez, un médico joven la saludó demasiado amable. V lo desapareció esa misma noche.
—Te quiero vivo, Thad. Y te quiero solo para mí dijo después, con una calma que helaba.
El tenía miedo. Pero también estaba rota. Él era su prisión… y su única compañía.Y aunque dolía, parte de el seguía creyendo que ella le amaba de verdad.
Hasta que un día se atrevió a preguntar:
—¿Y si algún día no te quiero más?
V se acercó, lenta, y le tomó la cara con ambas manos, como si fuera de porcelana.
—Entonces me vas a odiar… pero vas a seguir siendo mío.
Thad no dijo nada. Porque sabía que estaba atrapado. No solo por su enfermedad… sino por ella.