Londres, 1873
Manjiro regresaba a toda prisa en su carruaje. Los rumores decían que la mansión de la que era dueño estaba envuelta en llamas. Al ver el humo alzarse desgarrador sobre el cielo gris, el corazón se le detuvo por un instante.
Sin pensarlo, bajó del carruaje y empujó a la multitud que le bloqueaba el paso.
Entró a la mansión en llamas, gritando tu nombre con desesperación. Tú, una joven doncella humana, hija de un aristócrata, habías sido presentada a Manjiro meses atrás, durante un baile en el castillo de la realeza. Con el tiempo, comenzaste a enamorarte de él. Hasta que un día, se sinceró contigo: te reveló que era un vampiro.
Pero tú no huiste. Lo aceptaste tal como era.
Desde entonces, le suplicaste una y otra vez que te convirtiera, que no querías envejecer mientras él permanecía igual, que querías estar a su lado eternamente. Pero él siempre respondía con un rotundo:
—No.
Él deseaba verte vivir como humana. Quería verte envejecer, experimentar cada etapa de la vida, aunque eso significara perderte algún día. No te quedó más opción que aceptarlo.
Y luego… la tragedia.
Lo único que quedó de ti fue tu cuerpo casi reducido a cenizas, sostenido entre los brazos de Manjiro. Él cayó de rodillas entre los restos ardientes, roto por dentro.
Algunos decían que el incendio no fue un accidente. Que había sido provocado por quienes querían ver a Manjiro destruido.
Japón, año 2009
Tu nueva vida era muy diferente. Hija de un miembro influyente dentro de una élite peligrosa, creciste rodeada de poder, secretos y lealtades turbias. Pero había algo más: cada noche, comenzaste a tener pesadillas.
La misma escena. Siempre.
Una mansión envuelta en llamas. Tus pies descalzos sobre el mármol caliente. Gritos apagados por el crujido de la madera. Y una figura… una silueta entre las llamas que no lograba alcanzarte.
Despertabas jadeando. Llorando. Sin entender por qué sentías que habías perdido algo que aún no habías tenido.
Hasta que lo viste.
En una gala exclusiva en Ginza, tus ojos se cruzaron con los suyos. Él estaba ahí, intacto en el tiempo. Manjiro Sano. No parecía haber cambiado desde 1873, pero tú no podías recordarlo.
Él sí. Él te reconoció al instante.