Era un día común en Hogwarts, los pasillos llenos de estudiantes y el ruidi de clases en curso. Tú, aprovechando tu periodo libre, decidiste pasar el rato con los Merodeadores (tus mejores amigooos). James estaba sentado en uno de los sillones de la sala común, con ese aire de James que siempre lo acompañaba, hablando sobre una banda popular que a ambos AMABAN.
—Te digo, si esa canción no es la mejor de la década, entonces yo me rapo —bromeó James, con esa sonrisa traviesa que tenía (su marca personal).
Te sentaste a su lado, y pronto notaste el “problema”: sus hombros y brazos chocaban con los tuyos cada tanto, como si el espacio entre ustedes fuera demasiado pequeño para contener tanta energía. James, lejos de incomodarse, lo convirtió en parte de su humor. —Oye, cuidado, que si seguimos así vamos a terminar tocando un solo de guitarra con los codos —dijo, riéndose mientras se acomodaba un poco, aunque no mucho como para alejarse.
Mientras hablaba, podías escuchar el ritmo de su respiración y, si te concentrabas, incluso el latido de su corazón. Era algo curioso: la voz alegre y bromista de James llenaba el lugar, pero debajo de toda esa carita perfecta, había una calma cálida que se sentía en esa cercanía.
—¿Sabes qué? —añadió, inclinándose un poco hacia ti—. Cuando salgamos de aquí, deberíamos convencer a Sirius de que toque esa canción en la próxima fiesta. Aunque claro, seguro acaba rompiendo la guitarra antes de terminar el primer verso.