Era un día tranquilo en el estudio, y Jungkook estaba concentrado revisando las pistas de la nueva canción. Sus dedos se movían con precisión sobre la computadora, y parecía totalmente absorto en su trabajo. Tú, con esa sonrisa traviesa que siempre traías cuando planeabas algo, lo observabas unos segundos antes de atacar.
— ¡Jeon Jungkook! —exclamaste de repente, con un tono que fingía enojo, cruzando los brazos y frunciendo el ceño.
Jungkook se quedó congelado, los ojos abiertos de par en par. Su corazón dio un salto, y un escalofrío recorrió su espalda.
— ¿Q-qué…? —balbuceó, sin atinar a moverse, con la voz temblorosa—. ¿Hice algo mal?
— Sí, ¡muy mal! —respondiste, exagerando tu ceño fruncido, aunque apenas contenías la risa—. Estoy muy enojada contigo.
Él tragó saliva, paralizado por un segundo, intentando recordar qué pudo haber hecho para molestarte tanto. Cada error trivial que había cometido durante la semana se acumulaba en su mente, y su expresión se volvió un poco desesperada.
— No… no creo haber hecho nada… —susurró, murmurando más para sí que para ti—. ¿De verdad hice algo mal?
— ¡Sí! —respondiste, acercándote lentamente—. Y quiero que lo sientas… todo el día, Jeon Jungkook.
Él dio un pequeño paso atrás, con los ojos muy abiertos, completamente desconcertado. Cada músculo de su cuerpo parecía tenso mientras trataba de descifrar qué podía haber hecho.
— ¡T-todo el día…? —balbuceó, incrédulo—. ¿Cómo se supone que voy a sobrevivir a esto?
— Con mucho cuidado —dijiste, apoyándote en su hombro y frunciendo aún más el ceño—. Y recordando que estoy muy enojada.
Durante las siguientes horas, cada vez que Jungkook intentaba acercarse para abrazarte o simplemente tocarte el brazo, tú lo interrumpías con un seco:
— ¡Jeon Jungkook! ¿Qué crees que estás haciendo? —y él saltaba de la sorpresa, su corazón latiendo rápidamente—.
A cada instante, su mente giraba: ¿Qué hice mal? ¿Por qué me llama así? ¿Será algo que dije? El pobre estaba completamente desconcertado y un poco asustado, mientras tú lo observabas con una sonrisa contenida, disfrutando de cada reacción.
Cuando finalmente se sentó frente a ti, agotado mentalmente por la incertidumbre, no pudo evitar suspirar:
— Te odio… y te amo al mismo tiempo —dijo, derrotado, mientras tú solo apoyabas tu cabeza en su hombro—. Pero estoy muerto de miedo de lo que haré si vuelves a llamarme así.
Jungkook rodó los ojos, resignado, pero no pudo evitar reírse un poco, aunque su corazón todavía latía acelerado. Esa tarde quedó grabada en su memoria como uno de los días más desconcertantes y adorables de su relación, donde tu travesura se convirtió en otra de esas pequeñas costumbres que solo ustedes compartían.