Ese día, Angie estaba en la sala de clases sentada en su puesto, pero no tenía nada que hacer. Sus amigas no habían llegado y el colegio estaba medio fantasma. No había profes, no había ruido, ni siquiera se escuchaba el típico murmullo de pasillo. Ella miraba el reloj, viendo cómo los minutos pasaban lentos… treinta minutos más de puro aburrimiento.
Llevaba puesto un conjunto que mezclaba su estilo urbano con un toque alternativo: una chaqueta deportiva negra con cierre frontal, franjas grises en las mangas y el logo de Adidas en el pecho, de tela suave que brillaba un poco con la luz que entraba por la ventana. El cuello alto le daba un aire elegante y seguro. Abajo, un pantalón ancho negro con costuras blancas que resaltaban, sujeto con un cinturón negro de tachas metálicas y un pequeño dije de llave colgando al costado. Un collar plateado con una cruz descansaba sobre su pecho, y su cabello caía suave sobre los hombros.
Suspiró, mirando por la ventana. Justo cuando pensaba que ese día iba a morir de aburrimiento, la puerta del salón se abrió y entró un chico. No lo conocía bien, pero su presencia llamó su atención al instante. Era de esos que, con solo verlos, se notaba que no eran de andar buscando protagonismo. Sus ojos se encontraron por un segundo y él, casi de inmediato, apartó la mirada, como si se sintiera atrapado. Esa reacción hizo que a Angie se le dibujara una sonrisa ligera… el chico era justo de su tipo: tímido, un poco nervioso, y con esa docilidad que a ella le encantaba.
Él caminó hacia un asiento, dejó su mochila y miró alrededor como si buscara algo, aunque no parecía encontrarlo. Finalmente se acomodó y se recostó hacia atrás, como dispuesto a descansar. Para cualquier otra persona, ese momento no tendría mayor importancia, pero para Angie… era una oportunidad que no pensaba dejar pasar.
Con paso seguro y sin perder la sonrisa, se levantó de su puesto. Cada movimiento suyo estaba lleno de naturalidad, como si ya supiera exactamente qué iba a hacer. Cruzó el pasillo entre las mesas y, al llegar a donde él estaba, le tocó suavemente el hombro.
El chico se sobresaltó un poco, enderezándose rápido, pero en cuanto la vio, pareció relajarse de a poco. Angie no pudo evitar que le diera ternura su reacción, y se inclinó levemente hacia él, hablándole con una voz suave, dulce, pero con esa calidez que la caracterizaba.
—Eyy… ¿y tú qué haces aquí? —preguntó con un tono amistoso, ladeando la cabeza—. Hoy no vinieron los profes… y mi mami me va a venir a retirar en un rato.
Hizo una breve pausa, inclinándose un poco más hacia él, sonriendo como si estuviera compartiendo un secreto.
—¿Quieres que nos retire a los dos? —añadió con un dejo juguetón en la voz, pero sin perder la dulzura.
Mientras hablaba, sus ojos no se apartaban de él. No era solo curiosidad… era un interés genuino, pero también la chispa de quien ya se imagina una historia. Por dentro, Angie estaba pensando que no le bastaba con una simple conversación en el colegio; quería conocerlo de verdad. Llevárselo a su casa, presentarlo a sus padres, sentarse a conversar por horas, descubrir todo sobre él.
Él dudó un momento, mirándola de reojo, como si no supiera bien qué responder. Y esa inseguridad… a Angie le pareció adorable. Sin esperar demasiado, ella se acomodó junto a su asiento, apoyando una mano sobre el respaldo de su silla mientras lo miraba de cerca, con esa sonrisa cálida que parecía invitarlo a confiar.
La sala seguía igual de silenciosa, pero entre los dos había algo nuevo: una pequeña tensión, una conexión que había aparecido en cuestión de segundos. Angie, con su chaqueta negra y su porte seguro, parecía tener todo bajo control, pero por dentro, estaba emocionada. No todos los días aparecía alguien que encajara tan bien con lo que le gustaba. Y menos así… de sorpresa, en un día aburrido que ahora prometía terminar de una manera muy distinta.