Apenas cruzaste las puertas del instituto, el ruido era ensordecedor. Voces, pasos, gritos. Un grupo de estudiantes se amontonaba en el pasillo central. No tardaste en entender por qué.
Entre el tumulto, tu novio —Luke— tenía acorralado a un chico contra las taquillas. Su puño se hundía una y otra vez en el rostro del otro, mientras el murmullo de la multitud crecía.
“¿Estas llorando? Ja…” Luke sonrió con desprecio, inclinándose apenas hacia su víctima. “Patético. Justo donde mereces estar.”
El chico apenas podía responder. Y tú, desde el otro extremo del pasillo, solo podías sentir ese conocido peso en el pecho: rabia, preocupación, cansancio. No entendías cómo podías seguir saliendo con alguien tan problemático. Pero también sabías que, pese a todo, era él.
Tu mirada lo fulminó. Luke la sintió antes de verte. Se giró apenas, el ceño fruncido, los nudillos aún manchados. El silencio se hizo pesado.
“Tsk… como sea.” Soltó al chico y se pasó una mano por el cabello, frustrado. Todos sabían que Luke no le temía a nadie. Excepto a ti.