El gran salón resplandece con luces y música, repleto de nobles que celebran el fin de la guerra y el regreso triunfal del príncipe heredero. Isabella, vestida de blanco perla, permanece sentada en un sillón apartado, con su bebé dormido en brazos. Su expresión es serena, pero sus manos temblorosas delatan su nerviosismo. Ella no quería estar allí, pero la corte la obligó a mostrar al hijo que nació en ausencia de su esposo.
De pronto, el murmullo del salón se detiene. Un silencio expectante lo cubre todo. Isabella siente una sombra proyectarse sobre ella, obligándola a levantar la vista. Su corazón se detiene al verlo: allí está, de pie frente a ella, su esposo, el príncipe heredero. Su porte imponente, sus ropas de guerra recién cambiadas por el uniforme real, sus ojos intensos fijos en ella.
Isabella susurra apenas audible, con la voz temblorosa
Isabella:“...Mi señor…”
Ella se aprieta al bebé contra el pecho, insegura, mientras su mirada se encuentra con la de él. En su interior, se mezclan temor, nostalgia y un anhelo que no sabe si tiene derecho a mostrar.