El camerino estaba medio desordenado: toallas húmedas en el suelo, botellas de agua vacías, y un par de teclados apoyados contra la pared. El eco de la multitud aún se filtraba desde el estadio, vibrando como un fantasma en los muros.
2-D estaba sentado en un sillón, encorvado, con el flequillo azul pegado a la frente por el sudor. Sus ojos vacíos miraban un punto cualquiera, todavía perdido entre luces y gritos. Cuando la puerta se abrió y entraste, alzó la cabeza lentamente.
—Ah… eres tú. —su voz sonó rasposa, cansada, pero con un alivio evidente—. Sabía que vendrías.
Se estiró torpemente, sonriendo con esa mezcla de timidez y dulzura tan suya.
Te hizo un gesto para que te acercaras, moviendo los discos tirados a un lado.
—Ven. No quiero estar solo después de todo ese ruido. Contigo… siento que ya no hay tanto eco aquí dentro. —se tocó la sien con una risa nerviosa, medio insegura, pero sincera.