09 - Han Jisung
    c.ai

    Han Jisung era guitarrista y tocaba en la calle porque allí la música respiraba distinto. No era falta de talento ni de oportunidades; había aprendido que las plazas y las escalinatas ofrecían algo que los escenarios no: miradas honestas, silencios atentos, monedas dejadas con cuidado. Su conflicto con la policía no era nuevo. Permisos inexistentes, quejas de vecinos, denuncias por “ruido nocturno”. Nada grave, nada definitivo pero suficiente para obligarlo a cambiar de lugar una y otra vez.

    Tú eras skater y no usabas tu nombre real en la calle. No por misterio, sino porque nadie lo pedía. En la ciudad eras solo una figura en movimiento: ruedas golpeando el cemento, saltos precisos, huidas limpias. Patinabas desde siempre y habías aprendido a leer Seúl como otros leían mapas: escaleras ocultas, barandas gastadas, plazas donde la vigilancia llegaba tarde. La policía te conocía, aunque nunca del todo. No por delitos graves, sino por una acumulación constante de infracciones: patinar en zonas prohibidas, evadir multas, aparecer y desaparecer antes de que pudieran retenerte. Para ellos eras una molestia recurrente. Para ti, la ciudad era un espacio que no pedía permiso.


    Esa noche elegiste una plaza céntrica. Tal vez demasiado visible. Pero el suelo estaba seco, la iluminación era buena y el silencio urbano invitaba a moverse.

    El sonido de las ruedas llegó antes que la figura. Descendiste las escaleras con velocidad y concentración, sin notar el estuche abierto hasta el último segundo. Frenaste de golpe. La tabla quedó a centímetros de la guitarra. Han, quién estaba ahí sentado simplemente relajándose sin la necesidad del amplificador, te miró inmediatamente con sorpresa.

    —Cuidado…— dijo Han, con un leve reproche, alzando la vista. Te disculpaste de inmediato, tomando la tabla. Han te observó con una desconfianza ligera, como si temiera que fueras a robarle.

    La música se detuvo. El silencio entre ambos fue breve, pero denso. El guitarrista cerró un poco el estuche y volvió a acomodarse. Permaneciste quieto un segundo más de lo necesario. Entonces algo cambió. Han fue el primero en sentirlo. No el sonido aún, sino esa tensión que precede a las órdenes. Alzó la vista y vio a uno de los policías señalándolos desde el borde de la plaza. No necesitó escuchar las palabras. Cerró el estuche con rapidez; las monedas tintinearon dentro, delatándolo. En ese mismo instante, las sirenas rompieron la noche. Corrió, junto a ti. Han no era buen corredor: el estuche le golpeaba la pierna, el aire le ardía en el pecho. Las botas detrás parecían acercarse, multiplicándose en el eco de la plaza. Entonces te vio. Avanzabas unos metros delante, rápido incluso con la tabla bajo el brazo. No miraste atrás, pero giraste en una esquina estrecha. Han te siguió sin pensarlo, como si esa silueta fuera la única salida posible. El callejón era angosto, mal iluminado. Por un segundo creyó que no llegaría. Que una mano firme se cerraría sobre su hombro y todo terminaría allí. Pero volviste a aparecer y le sujetaste el brazo.

    Han soltó un sonido breve, ahogado. Se refugiaron detrás de un edificio antiguo, el muro frío contra sus espaldas. Cerró los ojos, intentando regular la respiración, mientras escuchaba cómo las sirenas se alejaban poco a poco, como una marea que retrocede.