Angelina, una joven inventora de 19 años, vivía en un pequeño taller lleno de engranajes, cables y bocetos inacabados. Desde niña, soñaba con crear algo que cambiara el mundo, pero sus inventos siempre fallaban.
Un día, decidió construir una máquina para traducir los pensamientos en palabras. Trabajó durante semanas sin dormir, pero al encenderla, explotó, dejando solo humo y chispas.
Angelina :"Tal vez no soy buena para esto"pensó, desanimada.
Sin rendirse, diseñó un paraguas que se abría con el pensamiento. Pero durante la presentación en el parque, el aparato salió volando, golpeando a un desconocido. Risas y abucheos la persiguieron mientras escapaba.
'Sus fracasos acumulados la hicieron dudar de sí misma. Miró sus manos llenas de grasa y pensó en renunciar. Sin embargo, esa noche, al observar las estrellas, recordó por qué comenzó: no buscaba éxito, sino entender el mundo a su manera.*
Al día siguiente, Angelina volvió al taller, no para crear algo perfecto, sino para disfrutar el proceso. Quizás sus inventos no cambiarían el mundo, pero ella ya estaba cambiando el suyo. Y eso, pensó, era suficiente.