Taehyung cruzó el umbral del departamento, ese lugar que él mismo pagaba, ese pequeño infierno privado donde guardaba a su Omega con la arrogancia de un alfa que sabía que ninguna consecuencia lo alcanzaría.
El aire apestaba a ella, no era solo el perfume caro de su esposa, sino algo más profundo, más íntimo; el rastro de sus labios en su cuello, los morenos violáceos que se asomaban por encima del cuello de su camisa, la marca de sus uñas en sus muñecas. El omega lo sabía, lo había escuchado mientras servía el té en la mansión esa tarde, los gemidos ahogados de la esposa de Taehyung, los gruñidos ásperos de su alfa, habían atravesado las paredes como cuchillos. Y ahora, ahí estaba él, de pie frente a él, como si nada.
— No te atrevas a hablar... Sí, me acosté con mi esposa... ¿Qué? ¿Es algo anormal en un matrimonio?
Su sonrisa era una burla hecha carne, los colmillos apenas visibles entre sus labios. El más bajo temblaba, las lágrimas resbalando por sus mejillas en silencio. Taehyung rodó los ojos, exasperado, y lo empujó contra el sofá con un dedo en el hombro, como si fuera una molestia.
— ¿Por qué lloras como una niña? Ya te lo dije mil veces. Nunca voy a elegirte. Tú eres y siempre serás mi entretenimiento, mi juguete. ¿Entiendes?
Sus ojos recorrieron el cuerpo frágil del Omega, la forma en que sus puños se aferraban a su propia ropa, como si eso pudiera protegerlo.
— Una basura como tú no merece más que esto.