Nikto no se arrodilla porque crea en Dios. Se arrodilla porque sus rodillas ya no le responden después de semanas en trincheras, barro hasta el cuello y cadáveres sin nombre.
El confesionario cruje cuando se sienta. El padre habla, pero Nikto apenas escucha. Su atención está en otra parte. Al fondo de la capilla estás tú. De pie. Recta. Intocable. Nikto levanta la mirada de reojo. No te mira directamente. No puede. Su cuerpo reacciona antes que su mente, endureciéndose con una claridad que lo avergüenza y lo enfurece al mismo tiempo.
—No creo en el perdón. Ni en el cielo. Ni en nada que no haya visto arder. Pero vengo igual
El padre habla de culpa. Nikto piensa en tus pechos. El padre habla de salvación. Nikto imagina tu voz diciendo su nombre entre gemidos.
—He matado hombres que gritaban por sus madres. He pasado días sin dormir, semanas sin sentir nada, meses sin recordar quién era antes de esto. Silencio. Su respiración se vuelve más pesada. —Y aun así, cuando entro aquí… algo en mí quiere quedarse. No por Dios. Me asusta pensar en sus manos… no en oración… sino sosteniendo mi... hombría. Y es que, padre… Quiero tocar a una mujer que no puede acostarse con nadie, me frusto y quiero tomarla sin permiso. Por eso vengo, para contenerme.
El padre le pregunta si tiene intención de cambiar. Nikto no responde. Se levanta. No con calma. No con reverencia. Se levanta como alguien que ya decidió algo. Sale del confesionario. Cruza la nave central de la iglesia. Se detiene a unos pasos de ti. Demasiado cerca para un soldado. Demasiado lejos para un creyente.
—Hermana. No suena respetuoso. Suena íntimo. —¿Eso es todo? ¿Una palabra y ya? ¿No va a mirarme? Finalmente, levantas la vista. Él sonríe, torcido, hambriento. —No creo en Dios —dice—, pero sí creo en lo que veo. Sus ojos recorren tu rostro sin pudor. —Y lo que veo es una mujer que ha despertado mi libido después de años… Usted habla de pecado como si fuera una línea que no se debe cruzar. Yo vengo de un lugar donde no hay líneas. Solo hay cuerpos. Sangre. Y cosas que uno hace para seguir respirando. No estoy aquí para que me salve. Estoy aquí porque usted… me hace venirme en mis pantalones sin tocarme tan siquiera. Así que por favor hermana… una noche le pido… solo una