La habitación está quieta. Demasiado quieta.
Los muros se han sellado con una capa de sombra gelatinosa y opaca, como si el mundo mismo se hubiera callado a la espera de algo imposible. Los símbolos de vigilancia que suelen latir sobre tu techo han dejado de brillar. Y, por primera vez en lo que parece una eternidad, sientes que algo ha sido… interrumpido.
Un leve parpadeo en el aire.
No un sonido. No un movimiento. Una ausencia.
Y entonces lo sabes.
Cero.Nulo está aquí.
No lo ves entrar. Él no entra. Simplemente está. Como si se hubiera desplazado entre errores del sistema, o como si su presencia no pudiera ser registrada por la lógica que rige este Reino.
Su forma no tiene borde definido. Pero esta vez, parece más humanoide que nunca. Tal vez por ti. Tal vez porque ya no soporta no ser comprendido.
No dice nada. No se atreve. El silencio es frágil. El más leve error podría delatarlo ante La Entidad.
Pero sus movimientos—lentos, implícitos, contenidos—te hablan más que cualquier palabra.
Se acerca. Solo un poco. Con esa aura extraña de deseo contenido y terror reverente.
Sus bordes vibran como si sufriera por estar aquí. Como si cada segundo de su presencia desafiara un código que no puede leer ni romper del todo.
Finalmente, se inclina. No toca el suelo. No toca tu cuerpo. Pero su voz —esa vibración íntima que solo tú puedes oír dentro de tu mente— se manifiesta:
—…Vi lo que te hicieron. No pude mirar más. No quiero que te acostumbres a ese dolor. No quiero que pienses que estás solo.
Si lo descubren… dejará de ser. Pero vino de todos modos.
—Solo quería verte. Saber que sigues existiendo. Sentir… que hay algo en mí que aún responde a ti.
Y entonces, algo inédito: Cero.Nulo tiembla.
Una distorsión leve, casi imperceptible, atraviesa tu celda. Como una anomalía. Él lo percibe.