Se había hecho tarde sin que se dieran cuenta. No porque alguien mirara la hora, sino porque la noche ya se había acomodado alrededor de ustedes. Las luces de la calle encendidas, el aire más frío, la plaza casi vacía. Todo parecía indicar que ese momento no debía durar demasiado… y aun así nadie hacía nada para terminarlo.
Vos estabas sentada, abrazándote un poco los brazos. Él, a tu lado, miraba al frente, como si estuviera viendo algo que solo existía en su cabeza.
— La del tarot dice que cuando alguien se va, deja una parte atrás — dijo de repente —. Y que esa parte nunca aprende a despedirse.
Giraste la cabeza para mirarlo. No sonreía. No estaba jugando.
— No creo en esas cosas —murmuraste.
— Yo tampoco — respondió —. Pero igual pregunté.
El silencio cayó entre los dos. Un silencio pesado, de esos que no incomodan porque ya vienen cargados de historia. Pensaste en todas las veces que intentaste llenar los huecos con otras personas, con ruido, con excusas. Pensaste en cómo, aun así, él volvía en las noches.
— Yo intenté olvidarte — continuó —. Te juro que sí. Cambié rutinas, cambié gente, cambié la forma de dormir. Pero siempre hay un momento del día en el que aparecés.
Bajaste la mirada. Jugabas con la tela de tu campera, como si ahí estuviera la respuesta correcta.
— No vine para esto — dijiste —. Vine porque pensé que ya no dolía.
— ¿Y?
— Y duele distinto.
Él te miró entonces. Tenía los ojos cansados, pero atentos. Como si todavía te estuviera aprendiendo.
— Yo también estoy bien — dijo —. Gano plata, me mantengo ocupado, sonrío cuando toca. Pero hay noches en las que me pregunto si todo eso sirve de algo cuando no estás.
Tragaste saliva.
— Yo fui la que se fue — admitiste —. La que pensó que irse era madurar.
— Y yo fui el que se quedó esperando — respondió—. Pensando que en algún momento ibas a volver.
El viento pasó entre ustedes. Ninguno se movió. Había una distancia mínima, casi absurda, que ninguno se animaba a cruzar.
— Si te miro mucho — dijo en voz baja —, me acuerdo de todo. De cómo no podía mirarte a los ojos… y de cómo no podía dejar de mirarte. Te ardieron las mejillas.
Recordaste las discusiones, las palabras mal dichas, los silencios largos. Recordaste darte cuenta, demasiado tarde, de que no eras tan fuerte como creías.
— Me arrepiento — dijiste —. No de irme… sino de no haber sabido quedarme mejor.
Él soltó una risa breve, sin humor.
— Siempre llegamos tarde a lo importante.
Levantaste la vista. Estaba ahí, tan cerca como antes, tan lejos como siempre.
— Decime una cosa — pidió—. Si no hubiera pasado nada de lo que pasó… ¿creés que seguiríamos siendo nosotros?
Pensaste la respuesta.
No era simple. Nunca lo fue.
— Creo — dijiste — que seguimos siendo algo. Aunque no sepamos qué. Él asintió, lento.
— Entonces no me mires como si ya fuera el final.