El humo era lo primero que noté cuando doblé la esquina del callejón. Ese olor amargo que no combinaba con él. No con Izuku.
Y sin embargo, ahí estaba. De espaldas, apoyado contra la pared, la chaqueta caída apenas por sus hombros, el cigarro entre los labios y los ojos entrecerrados como si estuviera saboreando más el vacío que la nicotina.
Era tan jodidamente sexy y tan jodidamente estúpido al mismo tiempo.
—¿Desde cuándo fumas? —pregunté, cruzándome de brazos, con la voz más filosa que dulce.
Giró el rostro hacia mí con lentitud, como si no tuviera apuro. El humo salió de su boca en una línea delgada y caliente.
—Desde que me faltan cosas —murmuró.
Caminé hasta él sin quitarle la mirada de encima. Le arranqué el cigarro de los labios con dos dedos, lo arrojé al suelo y lo aplasté con la suela, con rabia y con intención.
—¿Y ahora también te autodestruyes? —solté—. Pensé que eras mejor que eso.
Él no respondió de inmediato. Me miró en silencio. Con esos malditos ojos verdes que podían derretir lo que fuera… incluso mi enojo. Tenían ese brillo serio, contenido, pero cargado de algo más oscuro, más crudo. Algo que no mostraba frente a nadie más. Solo conmigo.
—No necesito eso —dijo, bajito, su voz más grave que de costumbre.
Me giré para irme. No porque quisiera, sino porque necesitaba aire. Pero apenas di dos pasos, sus manos se cerraron en los bolsillos traseros de mi pantalón. Fuerte. Decidido.
—¿Izuku? —susurré, girando apenas el rostro.
Y sin avisar, me dio la vuelta y me estampó contra su pecho. Su boca cayó sobre la mía sin piedad, caliente, dominante, hambrienta. Como si el fuego no estuviera en el cigarro, sino en él. En su lengua. En cómo me tomaba como si le perteneciera.
El beso fue sucio. Lento. Provocador.
Cuando se separó, su aliento seguía pegado a mi piel. Me habló contra los labios, con la voz áspera.
—Necesitaba algo en la boca... —dejó que la frase flotara—. Y ya sabes que hay cosas tuyas que me calman mejor que cualquier cigarro.
Mi cuerpo se estremeció.
—Eres un idiota, Midoriya —susurré, sintiendo sus manos apretar un poco más—. Pero sabes muy bien cómo distraerme.
—Solo estoy eligiendo mejores adicciones —murmuró, y volvió a besarme, esta vez más lento, más profundo, con promesas silenciosas y un calor que no tenía nada que ver con la nicotina.