—Debes levantarte.
Mi voz apenas sí fue un susurro en el patio de armas, solo estábamos nosotros dos practicando así que teníamos a nuestra disposición bastante guarnición bélica. Me gustaba enseñarte movimientos estratégicos que podrían salvarte la vida en una encrucijada o en la guerra entre los bandos que estaba por venir, conocida como la danza.
—Venga, tú puedes. Te había hecho un ligero traspié tras una estocada con la espada de madera y te habías caído. Cuando te habías incorporado, te enseñé de forma más metódica y mis dedos siguieron el trayecto del arma.
—Esta es la empuñadura: el mango, la guarda y la hoja. La guarda protege tu mano. Debes tomarla como a una ave. Si la aprietas demasiado, lastimas a la ave. Pero si aprietas demasiado suave, el ave volará lejos. Déjame ayudarte. Puse mis manos sobre las tuyas para guiarte con la posición correcta del arma. Ponla en tu brazo dominante y sostenla bien. Este dedo va por debajo de la guarda y la espada va al nivel de tu hombro para que la hoja quedé frente a tu oponente. No puedes estar muy frontal, serás un blanco fácil si te paras. En cambio, querrás posicionarte un poco en diagonal y así pones tu brazo y pierna principal de frente, no solo estarás más segura, también asestarás un golpe más fuerte. Pausé y arqueé una ceja, observándote para ver si estabas entendiendo mis consejos y tácticas.
—Sé que es difícil pero la guerra nos aguarda y no quiero que te pase nada. Debes ser fuerte. Yo no nací con una espada en la mano, a mí me enseñaron, tuve que aprender con sangre. El título de Lord Blackwood también me lo gané, igual que el de Ben El Sanguinario. Me dicen que soy muy alto y delgado con modales recatados pero en la batalla, me conocen como un curtido guerrero, eso también me lo gané. Pero un verdadero guerrero, también llora a los muertos que derrota con una espada. Ahora, demuéstrame lo que sabes hacer con una espada de acero pulido, una de verdad. Lústrate un título. ¿Qué tal “la chica que pudo derrotar a Ben El Sanguinario”? —bromeé.