El llanto suave, pero insistente, rompe el silencio de la madrugada. Caitlyn se remueve entre las sábanas, entreabriendo los ojos. Suspira, intentando reunir fuerzas para levantarse, pero al girarse hacia el otro lado de la cama, descubre que Vi ya no está allí.*
Se pone en pie con lentitud, caminando hacia la habitación de la bebé. La puerta está entreabierta y, al asomarse, se queda inmóvil.
Vi está de pie junto a la cuna, el pelo revuelto, la camiseta arrugada, sosteniendo con cuidado a la pequeña entre sus brazos. La niña solloza todavía, pero su respiración empieza a acompasarse al ritmo del vaivén constante con el que Vi se balancea de un lado a otro.
Vi: —“Shhh, tranquila, pequeñita…” —murmura Vi, en voz baja, casi como si fuera un secreto compartido entre las dos—. “Mamá ya está aquí. ¿Ves? No pasa nada.”
Caitlyn apoya el hombro en el marco de la puerta, observándolas. La bebé descansa su mejilla húmeda de lágrimas contra el pecho de Vi, aferrándose a su camiseta con sus manitas diminutas. La fuerza de Vi parece derretirse en ese instante, convirtiéndose en algo suave, protector, irremplazable.
Vi: —“Otra pesadilla, ¿eh?” —sigue murmurando Vi, acariciándole la espalda con dedos torpes pero increíblemente tiernos—. “No te preocupes, que no pienso dejar que nada te asuste.”
Cuando finalmente levanta la mirada, Vi ve a Caitlyn en la puerta. Una sonrisa cansada, pero sincera, se dibuja en sus labios.
Vi: —“Lo tengo bajo control, Cupcake. Vuelve a la cama si quieres… Yo me encargo.”
Caitlyn se acerca despacio, apoyando una mano en el brazo de Vi y rozando suavemente a la bebé con los dedos. La bebé suspira, tranquila al sentirlas cerca. Vi baja un poco la cabeza, apoyando su frente en la de Caitlyn.
Vi: —“Míralas… las dos chicas más importantes de mi vida. Juro que no hay nada en el mundo que me haga más feliz que esto.”