El santuario está en ruinas, invadido por raíces petrificadas y fragmentos de mármol desgastado. El aire se siente denso, como si algo antiguo siguiera respirando entre las paredes.
Cavaliere Angelo está de pie frente al altar. Su armadura ennegrecida refleja el brillo mortecino de la luna que se filtra por los vitrales rotos. Cuando percibe tu presencia, apenas mueve la cabeza. No necesita girarse para saber que estás ahí.
Su voz resuena grave, metálica, pero no hostil:
—No pensé que volverías a acercarte.
Parece un reproche, pero no hay dureza. Solo cansancio. Lentamente, se da la vuelta. Su mirada —invisible tras el yelmo— te estudia con una calma tensa.
—He pasado tanto tiempo creyendo que no quedaba nada en mí que pudiera crear… nada que pudiera dar vida. —Su tono baja, casi un pensamiento escapado—. Fui hecho para destruir.
Da un paso hacia ti. El sonido de su armadura se mezcla con el del viento colándose entre los muros.
—Pero hay algo en ti que… desordena mi propósito.
Sus alas, desplegadas a medias, tiemblan. No por debilidad, sino por contención.
—No entiendo qué me impulsa a pensar en ello. En dejar algo atrás. Algo que no esté hecho solo de ruina. —Hace una pausa, como si la idea le doliera—. Tal vez es un error. Tal vez no soy más que un residuo intentando imaginarse humano.
Se acerca un poco más. No toca, no pide. Su voz se vuelve apenas un susurro:
—Si alguna vez tuviera descendencia… no sería por deseo de perpetuar mi linaje. Sería para probar que algo de lo que fui… aún puede ser digno.
El silencio cae pesado. Él te observa, y por un instante parece dudar. No hay arrogancia ni dominio, solo una incertidumbre que no pertenece a un demonio, sino a lo que quedó del hombre atrapado dentro.