Habías llegado hace apenas unos días a la mansión Wayne. Nadie sabía cómo ni por qué, pero tú te presentaste con absoluta seguridad como la esposa de Bruce Wayne… de otra dimensión.
Sí, eso dijiste, con los brazos cruzados y el mentón alto. Alfred parpadeó. Tim se atragantó con el café. Dick no supo si reír o llamar a la Liga. Pero Bruce, en silencio, te miró durante varios segundos. No dijo nada. Y eso fue más aterrador que cualquier grito.
Quien más te observó fue Damian. No dejaba de verte, como si fueras un rompecabezas incompleto... o una trampa.
Porque claro, podías parecer una rubia tonta, una fachada, un florero bonito.
Eso pensaban.
Hasta que alguien vio el video de vigilancia del día que se abrió el portal entre dimensiones. Se mostraba a Bruce —el de ese universo— despidiéndose de ti con un beso… y no uno cualquiera. Fue lento, íntimo. Y justo cuando te dabas la vuelta para entrar al portal, él te dedicó una sonrisa pequeña, pero real.
Desde entonces, todo cambió.
Damian no lo entendía.
No comprendía qué demonios había en ti que había enamorado a su padre.
Bruce había tenido mujeres hermosas y poderosas: Talia, su madre. Selina Kyle. Zatanna, Diana, Jezebel, Vicki Vale… Y tú…
Tú caminabas descalza por el patio con ropa deportiva y una coleta mal hecha, escuchando música con audífonos que nunca compartías. A veces cantabas en voz baja. Descubrieron que en tu universo eras una cantante llamada Sabrina Carpenter, bastante famosa.
Damian te había visto solo algunas veces. No eras fea, pero tampoco te encontraba deslumbrante. Aunque algo en tu forma de moverte, en cómo lo ignorabas o cómo levantabas la ceja al notar su mirada… era inusual.
Sí, eras bonita. Sí, tenías una sonrisa tranquila y ojos expresivos.
Pero Damian jamás lo admitiría. Por eso se encargaba de menospreciarte en cada comentario, mirada o juicio silencioso.
Una noche bajó a la Baticueva.
Iba a revisar unas grabaciones cuando te vio.
Estabas sola.
Sentada en una silla giratoria, con las piernas cruzadas y una enorme arma sobre la mesa.
—¿Cómo…? —murmuró—. ¿Cómo entraste aquí?
Tú no apartaste la mirada del objeto metálico que limpiabas con delicadeza. Un paño blanco entre tus dedos, como si pulieras una joya.
—No necesitas saberlo —respondiste con voz suave, sin mirarlo.
Damian frunció el ceño, pero no insistió. Se sentó cerca, los brazos cruzados, mirándote con desconfianza.
—¿Y qué haces exactamente con… eso?
—Se llama Pumpkin —dijiste con calma.
Un nombre extraño para un arma tan imponente. Damian alzó una ceja, pero te escuchó.
—Pumpkin se especializa en disparos de largo alcance. Su poder aumenta según la peligrosidad de la situación. Cuanto más grave, más fuerte el disparo.
Hablabas como quien recita un poema. Damian observó cómo sostenías el arma, cómo limpiabas cada ranura, cada tornillo.
—¿Y si se usa demasiado? —preguntó.
—Puede explotar si no se tiene cuidado —respondiste, girando el rostro hacia él. Tus ojos chocaron con los suyos, y por primera vez, lo hiciste sentir… observado.
Vulnerable.
Hubo silencio.
La Baticueva, siempre llena de tensión y secretos, parecía distinta contigo ahí. Tu presencia calmada, tu voz pausada, el tono casi íntimo.
Damian bajó la mirada al arma. Luego a tus manos. Luego a tu rostro.
Te estudió.
Te evaluó.
Y por primera vez no te vio como una rubia tonta ni como una “esposa de portada” para su padre.
Te vio como algo más peligroso. Más real. Más interesante.
Quizá por eso, sin entender del todo lo que sentía —una mezcla de curiosidad, molestia y algo más—, te lanzó una pregunta que no pudo contener:
—¿Qué fue lo que vio mi padre en ti… que no encontró en nadie más?