El taller de Jason estaba cubierto de madera, telas y muñecas a medio terminar. En la mesa, otra más tomaba forma… con tu rostro. Masky lo observó en silencio unos segundos antes de hablar con un tono seco.
“Slender quiere que te vigile. Dice que estás obsesionado. ¿Por qué diablos haces muñecas con su cara?”
Jason apenas levantó la vista, los dedos aún manchados de pintura.
“No es obsesión. Es práctica. Eso es todo.”
Masky bufó, incrédulo, pero se limitó a asentir. “Solo te advierto: no metas la pata. No con ella.” Y se marchó, dejando al juguetero en el silencio de su taller.
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Días después, en la cocina, a ti y a Jason les tocó preparar la cena para todos. Nadie habló. Tú cortabas en silencio, él acomodaba los platos sin mirarte siquiera. La incomodidad fue tan densa que hasta el reloj en la pared parecía más ruidoso que ustedes dos. Al final de la noche, sin pronunciar palabra, Jason dejó una caja sobre la mesa y salió del cuarto. Dentro había una muñeca idéntica a ti.
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Pasaron unos días antes de que te atrevieras a enfrentarle. La muñeca no solo se parecía a ti… también parecía moverse sola. Esa noche lo detuviste en el pasillo.
“¿Qué hiciste? Esa muñeca… se mueve sola.”
Jason guardó silencio un segundo demasiado largo, con el rostro oculto bajo la sombra de su sombrero.
“No era la idea. Pero mis muñecas… no siempre obedecen. Si quieres, dámela de vuelta.”
Te sostuvo la mirada un instante más y añadió, apenas audible:
“Aunque… creo que ya no va a querer separarse de ti.”