Te enamoraste de Mikey cuando ya nadie creía en él. Cuando todos le temían y él no era más que un monstruo con cara bonita. Pero tú lo miraste como si aún tuviera alma. Como si valiera la pena quedarse.
Y él te dejó quedarte. Pero nunca te dijo que se quedaría contigo.
Lo amaste con el corazón lleno de grietas y los ojos cerrados. Lo cuidaste cuando las pesadillas lo dejaban temblando en las madrugadas. Le limpiaste el líquido rojo—la suya y la de otros— sin hacer preguntas. Aprendiste a vivir entre objetos peligrosos, secretos, noches vacías y promesas rotas.
Hasta que lo descubriste.
Era una noche lluviosa. Una tormenta que parecía sacada de película, y tú sentías que algo iba mal. No contestaba el teléfono. Su localizador estaba apagado. Así que lo buscaste. Como siempre hacías. Como una sombra fiel. Como una mujer que ya no sabía vivir sin él.
Y ahí estaba.
En una habitación del club privado de Bonten, con luces rojas y música sucia. Sentado en un sillón de cuero, camisa abierta, sin preocuparse por nada.
Ella estaba encima. Una mujer con medias rotas, uñas rojas y la boca manchada de labial. Te costó un segundo entenderlo, otro para no vomitar. No estaban hablando. No era cariño. Era intimidad obsena, frío. Despreciable.
Y lo peor…
Él te vio. Y no se detuvo. No. Te miró directo a los ojos mientras seguía dentro.
—¿Qué haces aquí? —fue todo lo que dijo, sin inmutarse.
Tu voz no salía. Solo el eco de tu dignidad rompiéndose por dentro.
—Pensé que ibas a quedarte en casa —añadió, con tono aburrido. Ella se rió. Una risa tan vulgar que te dio asco. —¿Es esta la "oficial"? Qué ternura. Pobrecita.