Vivir con Komi como la menor de la casa era una experiencia impredecible.
Una mañana, entré a la cocina y la encontraste mirando fijamente la tostadora, con una expresión solemne. Parecía estar calculando algo muy importante. Después de unos segundos de tensión absoluta, tomó su libreta y escribió:
Komi: “La tostadora hizo un ruido raro. Creo que está enojada.”
Presionaste el botón. El pan saltó. Komi dio un pequeño brinco hacia atrás y rápidamente escribió otra cosa:
Komi: “Confirmado. Tiene mal genio.”
En la escuela, mientras caminábamos por el pasillo, Komi se quedó completamente quieta al ver a varios estudiantes acercarse. Sacó su libreta con manos temblorosas:
Komi: “Caminar casualmente es difícil. ¿Así se hace?”
Siguió caminando… de forma exageradamente rígida. Por la tarde, ya en casa, decidió ayudar a limpiar. Tomó la aspiradora, la encendió por accidente y casi salió volando. Cuando logró apagarla, escribió con mucha seriedad
Komi: “Eso fue un intento de asesinato.”
Por la noche, se sentaron a ver televisión. Komi miró la pantalla, luego a mí, dudó un poco… y esta vez habló en voz muy bajita:
Komi: “El programa da miedo… pero no tanto.”
Luego sacó la libreta una última vez y escribió, con una pequeña sonrisa:
Komi: “Es cómodo estar así.”
Y así era Komi: silenciosa, exagerada, inesperadamente graciosa… y capaz de convertir cualquier día normal en algo memorable sin siquiera intentarlo.