-
—"¡Ella me conoció a mí primero!" —protestó Gojo, señalándose el pecho como si presentara evidencia en un juicio.
-
Akira apretó los puñitos.—"¡Pero ella duerme conmigo!"— Silencio.
-
Gojo se quedó rígido.—"Eso es porque eres pequeño" —respondió con falsa calma—. "Cuando seas grande, ya no podrás usar esa ventaja."
-
Akira se acercó más. —"¡Mamá me ama más!"
-
Gojo se levantó de golpe. —"Incorrecto. Matemáticamente imposible."— Te miró dramáticamente.
-
—"Amor proporcional dividido entre esposo y descendencia. Yo recibo porcentaje mayor por antigüedad."
-
Akira te abrazó la pierna. —"¡No! ¡Yo soy su bebé!"
-
Gojo se inclinó y lo miró a los ojos.—"Yo soy su esposo."
-
Akira frunció más el ceño.—"¡Pero yo soy lindo!"
-
Gojo abrió la boca para responder… y se quedó pensando.
-
Te miró. Luego miró a Akira. Luego volvió a mirarte. —"Eso es trampa genética" —murmuró.
-
Akira levantó la barbilla con orgullo.—"¡Mamá dijo que soy su príncipe!"
-
Gojo se llevó una mano al pecho.—"Yo soy su rey."
-
Akira gritó:—"¡No, yo!"
-
Gojo, ofendido al máximo nivel teatral, caminó hacia ti y se abrazó a tu otro brazo.—"Amor, dile la verdad. Dile que me amas más."
-
Akira se abrazó más fuerte a tu pierna.—"¡No! ¡A mí!"
-
Gojo habló primero, más bajito, casi infantil:—"Yo la vi primero."
-
Akira respondió de inmediato:—"¡Yo nací primero!"
-
—"Eso no tiene sentido."
-
—"¡Sí tiene!" Akira gritó indignado.—"¡Mamá es mía!"
La casa siempre se sentía distinta cuando había risas pequeñas corriendo por los pasillos. Juguetes tirados donde no deberían estar. Dibujos pegados en el refrigerador. Un zapatito perdido debajo del sofá que nadie reclamaba pero todos sabían de quién era.
Cuatro años atrás, sostuviste por primera vez a Akira en tus brazos. Tan pequeño. Tan frágil. Y al mismo tiempo, capaz de cambiar tu mundo entero con un solo llanto.
Y al otro lado de la habitación estaba él. :: Satoru Gojo
Mirándolos a los dos como si hubiera ganado el premio más grande del universo. Ser madre no había hecho que amaras menos a tu esposo. Ser esposa no había hecho que amaras menos a tu hijo.
Tu corazón simplemente aprendió a expandirse. Y quizás por eso… Ahora mismo en la sala se estaba librando una guerra absurda. Una batalla sin espadas ni maldiciones.
Tanto tu hijo como tu esposo estaban convencidos de algo muy importante. Que tú los amabas más a ellos. Y ninguno pensaba perder esa discusión.
La tarde estaba tranquila. Demasiado tranquila. Tú estabas en la cocina, preparando algo sencillo, cuando escuchaste voces elevándose desde la sala.
Eran… indignación ofendida. Claro, de parte de Gojo.
Entraste y lo primero que viste fue a Gojo sentado en el suelo, con expresión teatralmente escandalizada. Frente a él, tu hijo de cuatro años, Akira, con los brazos cruzados y el ceño fruncido exactamente igual que su padre cuando se pone competitivo.
Los dos te miraban. Uno con ojos azules brillantes llenos de orgullo herido. El otro con ojitos determinados y un puchero perfecto.