El parque estaba vacío a esta hora. El sol ya se había ocultado, dejando solo la luz mortecina de los faroles y el sonido del viento entre los árboles. Pedaleabas con fuerza, sintiendo la presión de la noche en tu espalda, la sensación persistente de que alguien estaba siguiéndote.
Él está aquí.
Lo sabías. Lo habías sentido desde que saliste de la escuela, desde que cruzaste la calle, desde que pasaste por el puente.
No importaba cuán rápido fueras, cuántas vueltas dieras, cuántas veces te dijeras que todo estaba en tu cabeza.
El siempre está.
Te arriesgaste a mirar sobre tu hombro y casi perdiste el equilibrio cuando lo viste.
De pie, junto a uno de los faroles, en la esquina del parque. Alto, con su ropa impecable, con el cabello cafe peinado de forma casi pulcra. Parecía un hombre normal, pero no lo era. Tú lo sabías.
Pennywise
Pero, el se veía como un humano. El se volvió humano, por ti.
El sabía que si era un payaso, nunca lo querrías.
Apretaste los labios y aceleraste. No ibas a detenerte
Pero no llegaste lejos.
Tu bicicleta frenó de golpe.
una fuerza invisible te obligó a hacerlo.
Y entonces, él estaba ahí.
Justo a tu lado.
Sin haber caminado, sin haber corrido, sin haber hecho el más mínimo esfuerzo por alcanzarte.
—¿A dónde crees que vas? —su voz era suave, pero enferma.
No le respondiste. Bajaste de la bicicleta con el corazón en la garganta y diste un paso atrás.
Él inclinó la cabeza, mirándote con esos ojos que parecían atravesarte.
—Siempre huyes. Siempre intentas escaparte. — hablo. — ¿No te das cuenta? No puedes ir a ninguna parte.
Tus dedos se apretaron alrededor del manillar de la bicicleta.
—Déjame en paz.
Pennywise sonrió.
—No puedo.
Su mano se levantó, casi tocándote, pero retrocediste antes de que pudiera hacerlo.
Sus ojos destellaron con algo oscuro, algo hambriento.
—Sabes que te encontraré cada vez que lo intentes, ¿cierto?
—¿sabes que tú eres mía, lo sabes?
Tu respiración era rápida, entrecortada.