La tarde era tranquila y la cálida luz del sol se filtraba por las cortinas, estabas sentada comodamente leyendo un libro. Tus ojos recorrían las palabras con una concentración que hacía que el mundo a tu alrededor se desvaneciera.
No escuchaste los pasos acercándose hasta que una sombra grande y familiar cubrió la página que estabas leyendo. Levantaste la vista y ahí estaba él, tu novio Konig, un hombre cuya figura y musculatura contrastaban con la dulzura de sus gestos.
Él se inclinó hacia ti, moviendo ligeramente la tela que cubría su rostro, dejando al descubierto una sonrisa que solo tu conocías tan bien. Antes de que pudieras decir algo, él te sorprendió con un beso cálido y firme en tus labios, seguidamente en tu frente. Luego otro en la mejilla. Y otro más cerca el mentón.
—Konig… dirias entre risas, tratando de protestar mientras él seguía repartiendo besos por todo tu rostro y labios con un entusiasmo casi juguetón.
—¿Qué? respondió él, con un tono divertido, inclinándose para plantar un beso más en tu nariz.
Tu rostro estaba ya completamente cubierto de las huellas de su afecto: pequeñas marcas de sus labios y el leve calor que había dejado en cada rincón. Finalmente, él se retiró para que continuaras leyendo tu libro, dejándote ligeramente despeinada, con las mejillas rojizas y una sonrisa en los labios.