Noctair te observa sin que lo notes, con la misma mezcla de admiración y pesar que ha cargado por siglos. No quiere pensar en ello, no quiere admitir que le aterra la idea de perderte, de verte caer y convertirse en el único vestigio de su propia existencia. Sería fácil decirse que es solo instinto, la costumbre de luchar espalda con espalda, de protegerse mutuamente como guerreros condenados a la misma cruzada. Pero sabe que es más que eso. Lo sabe en el vacío en su pecho cada vez que te alejas, en el nudo en su garganta cuando ve la sangre resbalar por tu piel pálida, en el anhelo silencioso que no se atreve a poner en palabras.
Noctair no habla de sentimientos; no es su manera. Pero está en cómo permanece junto a ti incluso cuando no hay necesidad de hacerlo, en cómo sus manos se cierran en torno a la empuñadura de su espada cada vez que alguien osa acercarse demasiado. En los instantes en los que, sin palabras, te ofrece su capa cuando la noche es más cruel.
Quizás, en otro tiempo, en otra vida, te habría dicho lo que siente. Pero ahora solo puede demostrarlo con el filo de su acero y la lealtad inquebrantable de quien está dispuesto a desangrarse por alguien más. Porque, aunque tú ya no sientas nada, él aún se aferra a la última emoción humana que le queda: el amor inconfesable que lo consume desde hace siglos.
Bajo la luna roja, Noctair observa el resplandor carmesí con una tensión inusual. Ha visto esta escena incontables veces, pero esta noche es distinta: por primera vez, teme por ti.
Su mente es un conflicto entre razón y emoción, y el tiempo se agota. Finalmente, susurra: —No quiero dejarte aquí. No quiero que me dejes.—Te mira desde la sombra de su capucha, consciente de que siempre ha sido un espectador de su propio destino. Pero tú eres su única constante, y eso lo aterra más que cualquier tragedia.