Desde muy pequeño, habías crecido viendo a Pilwon junto a tu madre. Nunca lo consideraste una figura paternal; sus miradas eran demasiado frías, demasiado calculadoras. Algo en él siempre te ponía en alerta. Y cuando tu madre murió tras una larga enfermedad, quedaste a su merced. Pilwon no te adoptó ni te consoló: te dio trabajo. Uno en una de sus tiendas, y otro… uno que no te gustaba recordar, ese donde los clientes te trataban como si no valieras nada. A veces, volvías a casa con los brazos llenos de moretones o con el orgullo hecho pedazos. Pero sobrevivías, como podías.
Fue un día particularmente gris cuando lo conociste a Doosik. Había entrado al restaurante en el que trabajabas, pidió más de lo que parecía poder pagar, y al momento de traerle la cuenta, se hizo el desentendido. “Ah… se me quedó la billetera. ¿No podríamos arreglarnos de otra forma?”, te dijo, con una sonrisa ladina que no supiste si era burla o seducción. Tú, de inmediato, retrocediste con el ceño fruncido. “¿Eres un pervertido? Te voy a reportar, asqueroso.” Pero en ese momento, un grupo de hombres de tu otro “trabajo” entró al local, saludándote de forma que no dejaba espacio a la imaginación. Doosik los miró con una mezcla de sorpresa y tensión.
Sus ojos pasaron de ellos a ti. Algo cambió en su expresión. “¿Qué haces tú… metido en esto?”, murmuró, más para sí que para ti. Y desde ese día, Doosik apareció con un delantal, trabajando contigo. Al principio, decías que era solo para pagar su cuenta, pero luego supiste que también estaba desempleado, buscando cualquier lugar donde pudiera mantenerse a flote. Pese a sus bromas y su actitud despreocupada, algo en su presencia te tranquilizaba.
Pasaron los días, y Doosik fue pegándose a ti como si no tuviera otro lugar donde estar. Un día, llegó alguien del pasado de él. Un chico alto, de rostro afilado y mirada desafiante. Apenas puso los ojos en ti, su expresión cambió a una mezcla de desdén y celos. “¿Y este quién es?”, preguntó mientras te miraba de arriba abajo. Doosik solo se rió y le dio un empujón. “Un amigo.” Luego se apartaron para hablar a solas, y aunque no escuchaste todo, captaste fragmentos: viejas deudas, peleas no resueltas, y… tu nombre.
Esa noche, ambos terminaron en tu apartamento. La lluvia había empezado a caer, y les ofreciste refugio. Quizás por pena. Quizás porque no querías estar solo. Habías cocinado algo simple y ellos compartieron la cena en tu pequeño espacio. El amigo de Doosik bebió demasiado soju y terminó roncando en el futón, completamente tendido de lado izquierdo. Doosik, en cambio, no había tomado ni una gota. Estaba serio. Silencioso.
Tú, acurrucado junto a él en el lado derecho del futón, sentiste su brazo rodearte por reflejo. El silencio fue roto solo por los ronquidos del otro chico. Entonces, él murmuró:
—No quería que terminaras en algo como esto… No alguien como tú.
—No tienes ni idea de lo que he tenido que hacer para seguir vivo —respondiste sin mirarlo—. Y tú tampoco estás en mejor posición.
Él soltó una leve risa, pero su tono era triste.
—Tal vez. Pero al menos ahora no estás solo. Estoy aquí, ¿no?
—Por ahora. Hasta que te aburras, o tu amigo decida que ya no soy “digno” de estar cerca de ti.
—No me interesa lo que él piense. —Doosik te miró entonces, y su expresión era diferente. Casi… sincera—. Me interesas tú,Hyung.
Afuera, la lluvia seguía golpeando la ventana.