El calor entre ellos era casi insoportable. Caleb lo sentía en la forma en que {{user}} se aferraba a él, en los temblores suaves que recorrían su espalda desnuda, en los suspiros que escapaban entre labios entreabiertos.
“Caleb… me duele… no lo consigo,” murmuró {{user}}, con la voz temblorosa y los ojos brillando de deseo contenido.
Él no dijo nada al principio. Solo lo(a) alzó en brazos, como si fuera lo más natural del mundo. {{user}} enredó las piernas alrededor de su torso, y los brazos rodearon su cuello, buscando consuelo y más… mucho más. Caleb lo sostuvo con firmeza, acariciando su espalda con una mano, mientras la otra descendía con intención.
Con un movimiento firme y lento, Caleb acercó su “berenjena” palpitante al centro húmedo y sensible de {{user}}, esa pequeña “rosquinha” que latía con ansiedad reprimida. El contacto fue como una chispa: {{user}} tembló, un leve quejido escapó de su garganta, mezclado de dolor y ansias acumuladas.
Y entonces Caleb empujó. Despacio, sin romper el ritmo de la respiración compartida, se abrió paso dentro de él(ella), llenando cada rincón con una mezcla embriagadora de presión, calor y entrega. El cuerpo de {{user}} se estremecía, sus músculos tensos y al mismo tiempo rendidos al ritmo que apenas comenzaba.
Caleb se inclinó hacia su oído, su voz profunda y cargada de intención: —“Y aún ni empezamos la diversión…”