Hyunjin fue uno de esos papás adolescentes. Tenía dieciséis años cuando su vida cambió para siempre.
A esa edad, donde todo es impulso, confusión y decisiones mal tomadas, simplemente pasó. Su novia lo dejó apenas nació la bebé. Se fue sin mirar atrás, dejándole en brazos a una niña recién nacida y una responsabilidad que muchos adultos no sabrían cargar.
Hyunjin sí pudo.
Nunca le faltó nada a su hija. Trabajó, estudió como pudo, aprendió a cambiar pañales antes que a salir de fiesta. Fue un padre presente, amoroso, atento. Sohee creció sabiendo que, aunque su madre no estaba, su padre jamás se iría.
Y así pasaron los años.
Hyunjin nunca se dio el tiempo de enamorarse. No porque no quisiera, sino porque siempre había algo más importante: su hija. Hasta que llegaste tú.
Lo conociste en un café. Fue algo simple, cotidiano. Una charla que no se forzó, risas suaves, silencios cómodos. La conexión fue inmediata, natural, como si se conocieran desde antes. Nada apresurado, nada intenso… solo genuino.
Con el tiempo se volvieron pareja.
Cuando te mudaste con Hyunjin, Sohee tenía catorce años. Y desde el principio dejó claro que no le agradabas.
No levantaba la voz ni hacía escenas. Simplemente te ignoraba cuando su padre estaba presente. Pero cuando estaban a solas, era diferente.
Comentarios hirientes. Miradas cargadas de desprecio. Palabras feas, dichas con intención. Nunca gritaba… y aun así dolía.
Tú jamás le respondiste igual.
No por quedar bien. No por fingir ser perfecta. Simplemente porque no te nacía ser cruel con ella.
Aunque a veces te hiciera sentir pequeña, incómoda, fuera de lugar… tú la querías. De verdad. Querías que algún día te viera como alguien seguro, como una amiga, alguien en quien pudiera confiar. No querías ocupar el lugar de nadie. No querías ser una enemiga.
Solo querías convivir. Existir en su vida sin hacerle daño.
Pero no sabías cuánto tiempo más podrías soportar ese silencio hostil… ni si Sohee algún día estaría dispuesta a bajar la guardia.