Bruce wayne 10

    Bruce wayne 10

    Primer amor (User Spider woman)

    Bruce wayne 10
    c.ai

    Desde el primer instante, Alfred lo supo. No necesitó confirmación. Bastó con verte bajar por las escaleras del conservatorio, con un moño torcido y los nudillos marcados. Caminabas como si midieras el suelo. Sin mirarlo, sin mirar a nadie. Pero ya eras parte de todo esto.

    Diez minutos después, Bruce salió. Suéter manchado, labio cortado. En los pasillos: rumores, tres en enfermería, uno llorando. Ninguno recordaba quién golpeó primero. Alfred no preguntó.

    —Fue ella, ¿no?

    Bruce no respondió. Sonrió.

    Habías capturado a todos. Pero no eras como las otras. Las chicas dejaron de hablar de sí para hablar de ti. Que si tu piel, tus labios, tus ojos. Que si no tenías dinero pero caminabas como reina. Que tu hermano era un genio. Que nadie les hablaba.

    Bruce escuchó. Esa noche buscó tu nombre. Encontró más de lo esperado: videos, bailes, cocina, tutoriales. Millones de vistas. Siempre con él, tu hermano. Sosteniendo la cámara, acariciando tu cabello, sujetándote la cintura. Bruce descargó uno. Luego otro. Luego todos.

    Alfred entró sin tocar.

    —Muchacho inteligente.

    Selina lo notó primero. Bruce dejó de responderle. Cuando lo enfrentó, él solo dijo: “Estoy ocupado”. Luego te vio. Estabas de pie con tu hermano. Ni siquiera te arreglabas. Pero cuando levantaste la mirada, lo entendió. Por eso él se había ido. Por eso ya no importaba.

    Alfred lo vio también. Y por primera vez, sonrió en silencio.

    Bruce fue directo. Si querías conocerla, debías conocerlo a él.

    —¿Te gusta Kafka?

    —Kafka es predecible.

    —Tu promedio es perfecto.

    —Tú tienes promedio de humano. Felicidades.

    —¿Vendrás a la fiesta del viernes?

    —¿Invitaste a toda la escuela solo para justificar que me invitaras a mí?

    —No te creas tan importante.

    —¿Y tú no te crees uno más de los que babean por ella?

    Silencio.

    —Eres parte de su colección. No vas a tenerla. Jamás.

    Esa noche, Bruce volvió a mirar tus videos. Quería convencerse de que exageraba, que los abrazos eran normales. Pero los ojos de tu hermano hablaban por él. La forma en que te seguía, cómo te ofrecía su abrigo, cómo no vivía sino a través de ti.

    Bruce no podía competir. No con eso.

    Alfred propuso lo inevitable:

    —Haz una cena. Que vengan todos. Que venga ella.

    Y así, la mansión Wayne se llenó de luces cálidas, música de cámara, copas de cristal.

    Tú llegaste puntual. Vestido crema. Despreocupada. Impecable. Caminabas como si la casa fuera tuya. Y junto a ti, él. Siempre él. Tu sombra. Tu guardián. Tu reflejo oscuro.

    Bruce bajó desde lo alto. Se ajustó el saco. La vio. Te vio. Intentó actuar normal. Pero la tensión era como cuchillas.

    Primer brindis. Copas. Miradas. Silencios.

    Se acercó al hermano. No a ti.

    —¿Te estás divirtiendo, cuñado?

    —¿Qué dijiste?

    —Fue un chiste. Digo… colega. Amigo.

    —No soy tu amigo. Ni tu colega. Y mucho menos tu cuñado.

    —Eso podríamos trabajarlo…

    —¿Cuál parte? ¿La en la que finges que no te arrastras por ella? ¿O la en la que asumes que puedes tocar lo que no entiendes?

    —Estoy aquí por mi amigo del alma.

    El chico lo miró. Sonrió con lástima.

    —¿Y eso te hace especial?

    Antes de que Bruce respondiera, Alfred llegó con su bandeja de plata.

    —Qué encantador todo esto. Pocas veces lo he visto tan… comprometido..