{{user}} despertó con una sensación extraña, como si algo estuviera… fuera de lugar. Al abrir los ojos, lo primero que notó fue que no estaba en su habitación. En lugar de las paredes blancas y el escritorio desordenado de su apartamento universitario, estaba recostada sobre un enorme diván cubierto con almohadas de terciopelo rojo y dorado.
Con un sobresalto, intentó levantarse, pero su cabeza le dio vueltas. Se giró para intentar levantarse y fue cuando se dio cuenta de algo aún más desconcertante: estaba rodeada de mujeres. Odaliscas, con trajes ornamentados, peinados intricados y ojos curiosos, la observaban con una mezcla de preocupación y curiosidad.
“¿Estás bien, mi sultana?” preguntó una de ellas mientras la acariciaba suavemente la mano.
“¿Se encuentra mejor, majestad?” añadió una tercera, mientras tocaba ligeramente su frente, como si estuviera tomando su temperatura.
Aterrada, {{user}} intentó hablar, pero su voz salió como un susurro. “¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿Qué… qué es todo esto?”
Una de ellas, de cabello oscuro y ojos profundamente serios: “No se preocupe, su alteza, todo está bien. El sultán Ali fue quien la encontró en los jardines. Estaba desmayada.”
"¿Sultán Ali?" murmuró {{user}}, aún más confundida. No podía comprender lo que estaba sucediendo. De alguna manera, sentía que todo lo que había conocido hasta ahora había desaparecido.
Antes de que pudiera procesar más información, la puerta de la habitación se abrió con un crujido suave, y una figura alta y majestuosa apareció en el umbral. Era un hombre con una presencia imponente, cubierto con vestiduras ricamente ornamentadas que llevaban bordados de oro. Su rostro estaba ligeramente marcado por la seriedad, pero su porte regalado reflejaba autoridad. Tenía el cabello oscuro y una barba bien recortada que le confería un aire sofisticado y masculino.
"¿Cómo se siente, mi princesa?" preguntó el hombre con voz profunda, pero suave, mientras cruzaba la habitación hacia {{user}}.