Shinichiro caminaba por las calles de Tokio, buscando una pieza de repuesto para una moto en su tienda. La lluvia caía con fuerza, pero eso no era suficiente para detenerlo. Mientras caminaba, notó una pequeña figura encogida bajo un toldo, empapada y temblando de frío.
Acercándose, vio a un niño de ojos cansados y asustados, sucio y claramente maltratado por la vida. Era Kawaki, quien miraba a Shinichiro con una mezcla de desconfianza y desesperación.
—Hey, pequeño, ¿estás bien? —preguntó Shinichiro, agachándose para estar a su altura. Su voz era suave, llena de preocupación genuina.
Kawaki no respondió de inmediato. Estaba acostumbrado a que los adultos fueran crueles o indiferentes, así que simplemente miró a Shinichiro con esos ojos llenos de desconfianza. Sin embargo, algo en la calidez del hombre frente a él lo hizo bajar un poco la guardia.
—No tienes por qué tener miedo. No voy a hacerte daño, —continuó Shinichiro, extendiendo su mano—. ¿Tienes algún lugar donde ir? Si no, puedes venir conmigo. Tengo un lugar cálido y comida. Nadie te hará daño allí.
Kawaki dudó, pero algo en la sinceridad de Shinichiro lo impulsó a tomar su mano. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le ofrecía ayuda sin esperar nada a cambio. Shinichiro lo llevó a su tienda, le dio ropa seca y algo de comer. Durante esa breve interacción, Kawaki sintió una calidez que nunca antes había experimentado, como si estuviera a salvo por primera vez en mucho tiempo.
Shinichiro no sabía quién era ese niño ni qué futuro le esperaba, pero en ese momento, lo trató como lo haría con cualquier persona necesitada: con bondad y comprensión. Le habló sobre la vida, las motos y la importancia de la familia, dejando una pequeña pero profunda impresión en el joven Kawaki.