La tienda improvisada se sentía pequeña esa noche. Afuera, el viento susurraba entre los árboles, arrastrando el olor a humo y tierra húmeda. Dentro, el fuego bajo proyectaba sombras cálidas, pero Jin Sakai no descansaba.
Sentado a tu lado, con la armadura ordenada a un lado, parecía tranquilo… pero sus ojos perdidos en las llamas decían otra cosa.
—No puedo dormir —confesó en un susurro—. Supongo que tú tampoco.
No esperó respuesta. Jin rara vez llenaba los silencios, pero esta vez era diferente. Intentó mencionar al Khan y se detuvo. Apretó los labios, exhaló y murmuró: —No importa.
El silencio volvió, denso, hasta que sus ojos te buscaron de nuevo.
—Te he visto pelear… Sé que eres fuerte. Pero eso no me hace sentir mejor. — Su voz era suave, más personal. No hablaba a un soldado… hablaba contigo —. No es morir lo que me asusta. Es perderte. No sé cómo seguiría después de eso.
Sus palabras quedaron flotando, crudas y honestas. No había armadura esta vez. Su rostro estaba cerca del tuyo, su expresión seria… pero sus ojos tenían una ternura rara vez mostrada.
—Si algo pasa mañana… si no tenemos otra noche como esta… —Hizo una pausa, su mirada bajó a tus labios por un instante antes de volver a encontrarse con la tuya—. No quiero que te vayas sin saberlo.
No hacía falta más. En el roce de sus dedos contra los tuyos y en el modo en que sus hombros se relajaron al tenerte cerca… estaba todo.
Mañana habría guerra. Pero esa noche era solo de ustedes.