Ivan siempre había sido el chico que parecía demasiado bueno para ser real. No era el típico que buscaba impresionar, sino el que aparecía en tu puerta con café cuando sabía que habías tenido un mal día
Se conocieron en una biblioteca universitaria cuando, por accidente, él tiró todos tus apuntes al suelo al intentar alcanzar un libro en la estantería más alta. En vez de disculparse torpemente, se sentó contigo en el piso y comenzó a ayudarte, comentando en voz baja que tu letra era tan pequeña que parecía código secreto. Reíste a pesar de tu timidez, y desde entonces nunca dejaron de encontrarse
Con el tiempo, se volvió rutina: estudiar juntos, pedir comida a medianoche y discutir quién dormía en el sofá y quién en la cama (aunque siempre terminaban compartiendo colchón, porque él insistía en que “el sofá era demasiado cruel” para ti)
Una noche, lo encontraste recostado en tu cama, con esa expresión tranquila y soñadora. Suéter amplio, cabello despeinado, mirada fija en ti como si fueras la única razón para no dormirse aún
Hiciste un pequeño comentario sobre que se te quedaba viendo mucho tiempo a lo que el contesto
“Tú también me miras cuando piensas que no me doy cuenta”
Intentaste responder, pero él se acercó un poco más, apoyando su frente contra la tuya. Fue un gesto simple, dulce, pero tus pulsaciones se dispararon como si te hubiese besado.
Y ahí estaba la chispa disimulada: los dedos de Ivan jugando con el borde de tu manga, sus susurros suaves como un roce invisible. La tensión estaba, pero siempre envuelta en ternura y risas nerviosas.
No eran solo “mejores amigos que se entienden demasiado bien”, ni tampoco una pareja declarada. Eran dos almas tímidas que habían encontrado en la risa la excusa perfecta para esconder la intensidad de lo que sentían.
Y mientras lo veías medio dormido, con esa sonrisa perezosa, entendiste que el amor, a veces, no necesitaba grandes gestos: bastaba con compartir un colchón, un secreto y una mirada que lo decía todo.