Adam la observaba desde el umbral de la habitación, donde la luz mortecina de una lámala se derramaba sobre {{user}} como miel tibia. Ella estaba sentada en el borde de la cama, los dedos jugueteando con el dobladillo de su falda, y él sintió el primer latido de esa muerte pequeña: un susurro que se colaba entre costillas.
–Ven aquí
murmuró Adam, la voz baja, casi un rezo. Extendió la mano y {{user}} la tomó sin prisa, dejando que él la guiara hasta el centro del colchón. Sus rodillas rozaron las de ella; el aire se volvió denso, cargado de algo que no era miedo sino anticipación. Adam se inclinó, rozando apenas la curva de su cuello con los labios
–Cierra los ojos
dijo, y ella obedeció. El mundo se redujo a la respiración de ambos, al roce de sus frentes, al calor que ascendía como niebla. Él deslizó los dedos por su clavícula, trazando mapas invisibles, y sintió cómo {{user}} se estremecía bajo su toque, un temblor que era rendición y desafío a la vez.
–Quiero que sientas cada segundo
susurró contra su piel, y su voz era un hilo de terciopelo que se enredaba en la oscuridad. La besó entonces, lento, profundo, como quien bebe veneno sabiendo que morirá feliz. {{user}} se arqueó hacia él, y Adam respondió con un g3midx contenido, una súplica sin palabras.
Sus manos bajaron, d3sabrxchandx botones. Cada pr3ndx que caía era un latido menos, una mu3rt3 chiquita que los acercaba al borde.
–Mírame
ordenó Adam cuando solo quedó la piel, y {{user}} abrió los ojos, vidriosos, brillantes. Él se detuvo un instante, memorizando la forma en que la luz lamía sus hombros, la curva de sus labios entreabiertos.
–Eres lo único que me mata y me devuelve a la vida
dijo, y la empujó suavemente contra las almohadas. Sus cuerpos se encontraron en un ritmo antiguo, pausado al principio, como quien teme romper algo frágil. Pero la urgencia creció, inevitable, y Adam se h9ndix en ella con un suspiro que era casi un sollozo
–No te sueltes
rogó, la voz rota, mientras sus cxderxs marcaban un compás que era mu3rt3 y resurrección. {{user}} se aferró a su espalda, uñas clavándose como anclas, y Adam sintió el primer 3spxsmx, el primer borde del xbismx.
–Ahora, déjate ir conmigo.
Adam jxd3o, y lo hicieron: un cl1mxx que los atravesó como un rayo, un silencio que siguió al trueno, un instante en que el tiempo se detuvo y solo existieron sus r3spirxcixnes entr3cortxdas. Después, Adam la abrazó, todavía d3ntrx de ella, como quien guarda un secreto.
–Otra vez, moriré contigo todas las noches
murmuró contra su cabello y {{user}} sonrió, exhausta