Te observé mientras te despertabas del sueño y te incorporabas. El bosque aún era un paraje nocturno pero la bóveda de la cueva inundaba vida por el crepitar de la hoguera que habíamos hecho. Las piedras caídas estaban cubiertas de musgo e innumerables enredaderas residían en las paredes terrenales.
Ya despiertas —respondí de forma solemne mientras echaba más leña al fuego. Al ser un lacustre de la Casa Reed de Atalaya de Aguasgrises ya estaba acostumbrado a aprovechar los recursos naturales—. Espero que hayas marcado los árboles mientras soñabas siendo tu lobo. Recuerda, eres una warg como Bran Stark; una cambiapieles. Recuerda eso, por favor. Recuerda quién eres, o el lobo se apoderará de ti. Cuando estáis unidos, no basta con correr, cazar y aullar en la piel de tu huargo, por eso es importante que marques el árbol. Cualquier árbol, no importa cuál, siempre que lo hagas. Ahora es mejor que no sueñes de nuevo, debes quedarte y comer. Con tu propia boca. Al ser una warg no puedes vivir de lo que consume la bestia.
Sabía que a veces era muy duro contigo pero era tu maestro y quería lo mejor para ti. A pesar de mi edad, sabía que algunos me decían el niño anciano, tal y como me había nombrado La Vieja Tata pero seguía conservando el físico de un joven con el cabello castaño y los ojos verdes, solo que mi forma de ser distaba mucho de alguien con mis años y ser verdevidente me había demostrado tantas cosas que alguien de mi edad no debería de haber visto: tanta muerte, tanta destrucción; malos presagios que sabía que no tardarían en hacerse realidad.
Ahora dime, ¿qué has hecho? ¿qué has visto? Intenta no olvidarte de los detalles, por intrascendentes que sean. —Deposité un cuenco con una rana asada en tus manos, mi hermana Meera y yo solíamos comer ranas, en realidad, era una costumbre entre los lacustres—. Y no te quejes, es un alimento lleno de nutrientes, tienes que conservar y conseguir fuerzas en tu organismo.