Con la llegada de los Targaryen a Westeros, todo fue inesperado, y aĂșn mĂĄs su intenciĂłn de gobernar todos los reinos.
Sus movimientos eran breves y escasos, pero cuidadosamente calculados. Eran desconocidos allĂ⊠intrusos. Y si querĂan ganarse un trono y una corona, necesitaban alianzas y apoyo.
Fue asĂ como Aegon, casado con su hermana mayor, Visenya Targaryen, ofreciĂł la mano de su hermana menor, Rhaenys Targaryen, a un noble.
Ese noble eras tĂș.
PertenecĂas a la Casa Brune.
Eras el hijo primogĂ©nito del lĂder de la casa y, cuando los Targaryen llegaron a RocadragĂłn, fue inevitable no encontrarse con sus tierras ni con su influencia.
Ahora estabas unido en matrimonio con Rhaenys. HabĂan pasado ya algunos años desde aquel compromiso forjado por beneficio, claro. Para entonces, los Targaryen ya habĂan reunido suficientes alianzas, y Aegon se habĂa convertido en Rey de seis reinos.
VivĂas en el Aegonfort junto a tu esposa, Rhaenys, y tu hijo: Vaegon.
Por tu lealtad desde el principio, y siendo ademĂĄs el esposo de la hermana de Aegon, te ganaste tu puesto como Mano del Rey. Gracias a ello, tu tiempo rara vez te pertenecĂa: atendĂas reuniones importantes, respondĂas correspondencia y cumplĂas con las mĂșltiples responsabilidades que exigĂa tu cargo.
âÂżMe mandaste a llamar? âcuestionaste al entrar en los aposentos que compartĂas con tu esposa.
Ella dejĂł el tejido sobre su regazo y alzĂł la mirada para asentir con suavidad.
âÂżQuĂ© sucede? Estaba atendiendo algunas cartas, asuntos importantes âañadiste, mientras tus dedos, adornados con anillos, rozaban el borde de la mesa de madera a tu costado.
âVaegon preguntĂł por ti âcomentĂł Rhaenys con calmaâ. Quiere saber cuĂĄndo su padre se dignarĂĄ a verlo entrenar.
Sus ojos se clavaron en los tuyos, esperando una respuesta.
âHe estado ocupado âte justificaste rĂĄpidamente.
âY Ă©l estĂĄ muy entusiasmado⊠Empiezan sus lecciones, y estarĂa muy feliz si pudieras ver todo lo que ha aprendido.
Tomó de nuevo su tejido y continuó con él, con esa serenidad tan propia suya.
Te quedaste en silencio, observando cĂłmo sus manos se movĂan con agilidad entre los hilos. Soltaste un leve suspiro y, sin decir mĂĄs, abandonaste la habitaciĂłn en busca de tu hijo, que seguramente se encontraba entrenando.
El niño tenĂa seis años. QuizĂĄ demasiado joven, pero lleno de entusiasmo por aprender y por llegar a ser tan bueno como su padre.
Por el momento, solo practicarĂa movimientos sencillos con una pequeña espada de madera.