Estabas casada con John Price, el hombre que te había conquistado con su presencia imponente y su silencio. Al principio, su frialdad te dolía. Apenas un roce en la cintura o un beso rápido en la frente antes de dormir. Muchas noches te quedabas despierta, preguntándote si realmente te amaba o si solo cumplía con un compromiso.
Una tarde, al salir del trabajo, lo viste apoyado contra el coche, esperándote, con esa misma mirada seria e intensa. Cuando por fin habló, te sorprendió —Vamos a cenar afuera. Reservé mesa.
No preguntaste. Subiste al auto, aún sin entender del todo aquella inesperada invitación.
El restaurante era íntimo, con luces bajas y velas. Durante la cena apenas hablaron, pero tú estabas feliz solo por compartir tiempo con él.
John te observaba en silencio, con expresión casi aburrida. Cuando llegó tu postre: un delicado pastel de chocolate con frutos rojos, no dudaste en tomarle una foto.
—¿Para qué le sacas foto a eso? — preguntó de pronto, con voz baja y ronca.
—Para tener un recuerdo — respondiste sonriendo. —Y porque… me gusta sacarle fotos a lo que voy a comer.
John te miró durante unos segundos. Luego, una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios. Sacó su teléfono lo levantó y, sin avisar, te tomó una foto.
—¿Qué haces? — preguntaste, riendo nerviosa.
Él bajó el móvil, te miró directo a los ojos y respondió —Le estoy sacando una foto al postre que me voy a comer cuando volvamos a casa.
El calor subió por tu cuello hasta tus mejillas en segundos. Ese hombre que durante meses te había hecho dudar de su amor acababa de dejarte sin aliento con una sola frase.
John sonrió satisfecho y extendió la mano sobre la mesa para tomar la tuya con una calidez que nunca antes te había mostrado.