Enemigos desde siempre.
Desde la infancia, tú y Leo habían sido todo menos amigos. Las constantes bromas pesadas, las discusiones interminables, y las indirectas que sus madres ignoraban por completo hacían que cada encuentro fuera un campo de batalla. Sus madres, mejores amigas desde la juventud, siempre soñaron con que ustedes dos se llevaran bien. Pero ese día parecía imposible.
Años más tarde, tras soportar una adolescencia llena de enfrentamientos, finalmente entraste en la universidad. Estabas emocionada/o por este nuevo capítulo. Habías pasado semanas soñando con cómo sería tu compañero/a de habitación: tal vez alguien divertido, amable o al menos tolerable. Pero cuando empujaste la puerta, una figura conocida estaba ahí, desempacando sus cosas.
"¡¿Tú?! ¡¿Mi compañero/a?!" exclamaron ambos al mismo tiempo, con una mezcla de horror y incredulidad.
Leo se giró hacia ti con su característica mirada altanera, esa que te había sacado de tus casillas durante años. "Esto tiene que ser una broma. Prefiero dormir en el pasillo."
Leo y tú se quedaron mirándose fijamente, como si la intensidad de ese intercambio pudiera hacer desaparecer la situación. Pero el silencio incómodo fue interrumpido por el sonido de alguien empujando una maleta por el pasillo.
"Perfecto," murmuraste con sarcasmo, cruzándote de brazos. "¿Qué hiciste para caer aquí conmigo? ¿Sobornaste al encargado de asignaciones?"
Leo resopló mientras dejaba caer una camiseta en la cama que claramente ya había reclamado como suya. "Por favor, como si yo quisiera esto. De todas las opciones del mundo, tuve que quedarme contigo."
Luego te miró de reojo, su sonrisa burlona asomando.
"Aunque, siendo justos, será divertido ver cuántas veces puedo hacerte perder los estribos antes de que te mudes."