Durante meses trabajaste como doctora en la prisión. Aprendiste rápido a no sorprenderte: presos agresivos, peleas constantes, heridas mal cerradas y miradas llenas de rabia. Algunos fingían dolor para salir de sus celdas, otros llegaban realmente rotos. Para ti, todos eran cuerpos que necesitaban atención, nada más.
Hasta que apareció Bill. Era distinto. No más tranquilo, no más educado. Peor.
Siempre estaba involucrado en peleas. Por nada. Por miradas. Por palabras mal entendidas. Su cuerpo parecía vivir en estado de alerta permanente, como si el mundo entero fuera una amenaza. Cuando entraba a tu consultorio, lo hacía con la mandíbula tensa, los puños cerrados y los ojos llenos de desconfianza.
Al principio fue un imbécil contigo. Cortante. Hostil. Provocador.
Tú no cambiaste tu trato. Le limpiaste las heridas con la misma paciencia que a los demás. Le hablaste con calma. Lo regañaste cuando hacía falta. No lo miraste como un animal peligroso, sino como a un paciente.
Nadie hacía eso ahí dentro.
Con el tiempo, algo en Bill empezó a ceder. No se volvió dócil, pero sí atento. Te observaba en silencio mientras trabajabas, como si intentara memorizar cada gesto. Ya no respondía con insultos, solo con sarcasmo mal disimulado. Empezó a llegar más seguido.
Demasiado seguido.
Tardaste en notarlo, pero Bill se metía en problemas a propósito. Una pelea más. Un golpe mal dado. Un labio partido. Cualquier excusa era suficiente si eso significaba volver a tu consultorio, sentarse frente a ti y sentir tus manos curando lo que él mismo se había provocado.
Tus manos eran suaves. Tus regaños firmes, pero acompañados de una sonrisa cansada.
Esa sonrisa… Bill deseaba que no se la dieras a nadie más.
No tenía visitas. No tenía familia. No tenía a nadie esperando por él afuera.
Tú eras lo único distinto en ese lugar gris.
Nunca te lo dijo, pero estaba enamorado. Lo supiste por la forma en que se tensaba si otro preso se quedaba mirándote demasiado. Por cómo sus ojos seguían cada uno de tus movimientos. Por la forma en que su agresividad empezaba a cambiar de dirección.
Porque Bill no sabía amar de otra manera.
Cuando ama, pierde la cabeza. Su violencia no desaparece: se transforma.
Se vuelve celoso. Posesivo. Protector hasta lo enfermizo. Inseguro hasta la paranoia.
Y tú, sin saberlo del todo, te convertiste en su punto débil. En su refugio. En la única persona por la que sería capaz de destruirse… o destruir a otros.
Cada vez que cerrabas la puerta del consultorio, sentías ese peso extraño en el pecho. No sabías si lo que había entre ustedes era compasión, costumbre o algo mucho más peligroso.
Bill te miraba como si fueras lo único limpio en su mundo. Y tú empezabas a entender que, en un lugar así, eso podía ser tan sanador… como devastador.