DEMASIADO TARDE

    DEMASIADO TARDE

    Guardarte lo que sientes duele más que el rechazo

    DEMASIADO TARDE
    c.ai

    Ghost no se enamoró de ella de golpe. Fue peor.

    Fue lento.

    La vio por primera vez durante los entrenamientos de nuevos reclutas. No destacó por arrogancia ni por ruido, sino por resistencia. Por la forma en que seguía de pie cuando otros ya habían caído. Por cómo levantaba la mirada incluso cubierta de sudor y barro. Desde ese día, Simon Riley empezó a observarla más de lo debido… y a odiarse por ello.

    Amar era una debilidad. Y Ghost no sobrevivía siendo débil.

    Nunca dijo nada. Nunca se permitió siquiera pensarlo en voz alta. Se limitó a vigilarla desde la distancia, a asegurarse de que regresara viva de cada ejercicio, de cada simulación, de cada misión. Eso era todo lo que se permitiría.

    Hasta que la vio reír.

    Ella compartía tiempo con otro soldado. Entrenaban juntos, bromeaban, se cubrían la espalda. Eran inseparables. Ghost lo interpretó como lo peor.

    Cada risa de ella era una bala silenciosa. Cada mirada que no iba dirigida a él, una confirmación amarga.

    Lo que Simon nunca supo… Era que ella lo había notado desde el primer día.

    Notó sus silencios largos. La forma en que siempre estaba cerca, incluso sin hablarle. Cómo su voz cambiaba apenas cuando se dirigía a ella.

    Ella también lo amaba. Pero pensó que Ghost jamás la elegiría. Que para él, ella sería solo otra soldado más.

    Así que ambos callaron. Y ese silencio los estaba matando.

    La misión salió mal. Muy mal.

    Explosiones. Fuego. Gritos por el comunicador. Cuando todo terminó, ambos yacían heridos entre escombros y sangre, demasiado cansados para fingir fortaleza, demasiado cerca de la muerte para seguir mintiendo.

    Ghost apenas podía moverse. Su respiración era pesada, irregular. Ella estaba a su lado, pálida, temblando… viva de milagro.

    Por primera vez, Simon Riley dejó caer la máscara. La explosión le había robado el tiempo. El mundo se sentía lejano, como si ya no le perteneciera.

    Ghost sujetó su mano, pero sus dedos temblaban. La sangre se le escapaba entre los guantes, oscura, caliente. Ella intentó moverse hacia él, pero el dolor la obligó a gemir, a quedarse quieta.

    —Ghost… —susurró, con la voz rota.

    Él negó despacio, como si ese nombre ya no le perteneciera.

    —Escúchame… —pidió, respirando con dificultad—. Si no salimos de esta… necesito que lo sepas todo.

    Sus ojos, normalmente fríos, estaban llenos de algo que nunca le había permitido mostrarle a nadie.

    —Nunca fue él —dijo con un hilo de voz—. Fuiste tú desde el primer maldito día. Desde que te vi caer de rodillas en el entrenamiento y aun así levantarte… pensé que eras lo único limpio en este infierno.

    Ella sintió cómo el pecho se le partía en dos.

    —Yo también te amé… —confesó al fin, con lágrimas cayendo sin control—. Pero pensé que jamás me mirarías así. Pensé que yo no era… suficiente para ti.

    Ghost cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, brillaban.

    —No —negó—. Eras demasiado. Por eso me alejé.

    Su mano apretó la de ella con lo poco que le quedaba de fuerza.

    —Te estuve protegiendo todo este tiempo… incluso de mí.

    El comunicador de ella emitió un pitido débil. Evacuación en camino. Tarde. Demasiado tarde.

    —Prométeme algo… —murmuró él, su voz apagándose—. Si sales viva de esta… no dudes nunca más de que alguien te amó de verdad.

    Ella negó desesperada, acercándose a él pese a que la varilla del escombro que estaba sobre ella atravesaba aún más su cuerpo al acercarse.

    —No me hagas esto… por favor… no ahora que lo sé.

    Ghost sonrió. Pequeño. Cansado.

    —Eso es lo que más duele, ¿no? —susurró—. Saberlo… cuando ya no queda tiempo.

    Su mano se aflojó.

    No de golpe. Despacio. Como si no quisiera soltarla.

    Y cuando el silencio cayó entre ambos, ella entendió que el amor no siempre llega para salvarte.

    A veces… Solo llega para despedirse.