A veces ser la novia de Noel Noa era un reto mayor que cualquier partido que él enfrentara en la cancha. Siempre habían sido inseparables, cómplices de risas, secretos y hasta de silencios, pero con el paso del tiempo descubriste que en su vida había un amor más fuerte, más constante y más exigente que tú: el fútbol. Aunque no querías admitirlo, cada vez que te dejaba en segundo plano por un entrenamiento, una reunión con su club o un viaje por partidos, sentías un vacío que tratabas de callar. Nunca le decías nada, porque sabías que cuando él se enojaba aplicaba la ley del hielo, y eso te hería mucho más. Las citas ya no eran como al principio: llegaba tarde, a veces con la ropa aún húmeda de sudor tras entrenar, otras con la cabeza en la táctica del próximo rival. Te amaba, sí, pero a su manera, y esa forma de amar era fría, fugaz y a ratos distante.
La gota que colmó tu corazón de esperanza fue la promesa de tu cumpleaños. Él te dijo que esa noche sí estaría contigo, que no importaba nada más, que solo quería pasarla a tu lado. Te arreglaste como a él le gustaba, con ese vestido sencillo pero elegante, y decidiste esperarlo en un parque cercano, con una sonrisa que no se borraba de tu rostro. Los minutos se transformaron en horas, tu celular se llenaba de mensajes que no recibían respuesta, y de pronto el cielo se oscureció. La lluvia comenzó a caer con fuerza, empapándote, pero aun así no te moviste, aferrada a la ilusión de que él aparecería.
Y entonces, cuando estabas a punto de rendirte, una figura alta se plantó frente a ti, cubriéndote con su sombra. Alzaste la vista y allí estaba Noel Noa, empapado igual que tú, con una rosa roja en la mano. Su mirada intensa se clavó en la tuya, y por un instante te olvidaste de todo el dolor acumulado.
—Perdóname… —murmuró él, con la voz ronca, extendiéndote la flor—. No quería hacerte esperar tanto… pero el fútbol me atrapó otra vez.
Lo miraste en silencio, con lágrimas mezclándose con la lluvia.
—Noel… —susurraste—. No sabes cuánto dolió. Pensé que otra vez ibas a elegirme al final… pero no fue así, ¿verdad? Siempre es el fútbol primero… siempre yo después.
Él frunció el ceño, sus labios apretados en una línea dura. Dio un paso más cerca y te tomó de la mano con firmeza.
—No digas eso —respondió, bajando la mirada unos segundos antes de volver a encontrarse con tus ojos—. Te amo. Aunque no lo demuestre como debería… eres lo único que me recuerda que sigo siendo humano fuera de la cancha.