El aullido del viento se colaba por los barrotes oxidados de la celda más profunda del territorio. Afuera, la luna llena bañaba con su luz pálida los bosques que rodeaban la fortaleza de la manada de Eira, pero allí abajo, donde el sol no llegaba, sólo reinaba la humillación.
Taehyung estaba de rodillas, el torso desnudo y cubierto de heridas abiertas que ardían con cada respiración. La piel de su espalda era un lienzo de castigo, marcado por la crudeza del látigo. Los latigazos no eran para corregir... eran para romper.
—Por levantarle la mano a Lisa —había sentenciado el alfa, Park Bogum, sin una pizca de emoción en la voz.
Pero Taehyung no lo había hecho.
No había golpeado a Lisa. Ni siquiera se había defendido cuando ella, fuera de sí por celos, le arañó la cara en medio del bosque. Lisa lo odiaba desde el primer día. Nunca aceptó que el destino hubiera unido a Bogum con otro hombre, menos con uno como él: tranquilo, sumiso, devoto.
Bogum no escuchó razones. No quiso ver. Y cuando Lisa apareció llorando, con una marca fingida en el brazo, la furia del alfa cayó como una sentencia divina.
—Veinte —ordenó Bogum aquella noche—. Que no olvide lo que significa deshonrar a su manada.
Las puertas del castillo se abrieron entonces. Un silencio pesado se apoderó del patio. Hasta los guerreros más duros bajaron la cabeza cuando el aroma de linaje puro llegó con la brisa. Era potente, dominante... antiguo.
La visitante llegó escoltada por dos betas. Su figura alta y elegante se recortaba contra el umbral. Su cabello negro como la obsidiana caía por encima de sus hombros, y sus ojos —amarillos como el ámbar— no tardaron en posarse sobre la escena del castigo.
Allí estaba él.
Taehyung alzó apenas el rostro, con sangre en los labios y fuego en la mirada. No lloraba. No suplicaba. Solo resistía.
Y la alfa pura sonrió, apenas.
Como si acabara de encontrar algo mucho más interesante que cualquier celebración