En segundo año todos sabían que Haruchiyo Sanzu era raro.
No hablaba con nadie, dormía en clase, se saltaba exámenes, se metía en peleas y no mostraba una pizca de arrepentimiento. Pero tú lo mirabas distinto. Y un día, sin entender bien cómo, empezaron a salir.
—¿Quieres ser mi novia o no? —te dijo con los ojos medio cerrados, como si estuviera hablando del clima.
Y tú… dijiste que sí. Porque pensaste que lo ibas a descubrir, entender, curar. Que debajo de esa mirada muerta había alguien que necesitaba amor.
Pero desde el primer día, fue evidente: Sanzu no te necesitaba.
No te escribía mensajes. No te acompañaba a casa. No recordaba ni tu cumpleaños.
En los pasillos de la escuela apenas te dirigía la palabra. Y cuando tú lo buscabas, él respondía como si le costara energía:
—Estoy ocupado. —No jodas. —¿Qué quieres ahora?
Tus amigas te preguntaban si estaban peleando. Tú sonreías, fingías que todo estaba bien. Pero en el fondo sabías que algo estaba mal desde el inicio.
Una tarde, en la azotea del edificio escolar, lo confrontaste:
—¿Por qué estás conmigo si no te importo?
Sanzu ni siquiera levantó la vista del encendedor que giraba entre sus dedos.
—Porque dijiste que sí. Y yo no tengo nada mejor que hacer.