En el reino de Eldoria, los muros del palacio olían a hierro, incienso y miedo. El rey acababa de ordenar la búsqueda de nuevo personal, demasiados sirvientes habían desaparecido sin dejar rastro. Entre los que acudieron al llamado estabas tu, una/un joven de manos curtidas por el trabajo y una mirada que no sabía agachar la cabeza ante nadie. Tu madre te había criado entre campos de jazmín, enseñándote que la humildad no significaba sumisión.
Conseguiste el puesto de copera del príncipe Caelum, un joven heredero silencioso y de salud frágil, que parecía más interesado en los viejos manuscritos del palacio que en el trono que le aguardaba. La primera vez que serviste vino en su copa, te atreviste a preguntarle si sabía lo que significaban las flores que adornaban su mesa. Él sonrió. Nadie se había atrevido a hablarle así. Desde entonces, cada noche, él dejaba un pétalo distinto sobre la bandeja de plata, y tu respondías con otro en la copa. Era su forma de conversar sin palabras.
Con el tiempo, el rumor del jazmín empezó a oler demasiado fuerte. Las doncellas hablaban, los consejeros murmuraban, y una noche, la reina encontró en los aposentos de su hijo una carta escrita con tinta morada: “El amor no obedece linajes, solo miradas.”
Al amanecer, fuiste acusada/o de haber envenenado al príncipe (aunque él seguía vivo, solo con fiebre leve). La nobleza necesitaba un culpable, y una/un plebeya enamorada era el blanco perfecto. El castigo: ser colgada/o en la plaza al caer el sol.
Pero Eldoria no conocía bien a su príncipe. Horas antes de la ejecución, Caelum apareció ante el consejo, vestido con la capa negra de los médicos reales. Había probado él mismo el supuesto veneno y descubrió que no era más que polvo de jazmín fermentado, utilizado por las curanderas para aliviar el insomnio. La acusación era un fraude.