Estaba sentada en el borde del escritorio, justo al lado de Kuroo, como era costumbre desde que se había convertido en la mánager del equipo de vóley de Nekoma. Siempre llevaba el cabello recogido en un moño alto, práctico y fuera del camino, mientras tomaba nota de las conversaciones que los chicos mantenían antes o después de los entrenamientos. Esa tarde no era la excepción. Kuroo, Yaku y Nobuyuki hablaban entre ellos con esa mezcla de cansancio y efervescencia que dejaban los partidos largos.
—¿A ti te gustan las chicas de pelo corto, eh, Yaku? —preguntó Nobuyuki de repente, mientras se desabrochaba lentamente la franela blanca y la dejaba caer sobre su hombro con un gesto distraído.
Yaku alzó una ceja, sorprendido por la pregunta directa, pero respondió con una sonrisa amplia y sin pensarlo demasiado.
—¡Me encantan! —dijo, señalando a Nobuyuki como si hubieran descubierto algún código secreto entre ellos—. Nada como una chica de cabello corto, ¿verdad?
Ella apenas disimuló una sonrisa mientras seguía garabateando algo en su cuaderno. No era la primera vez que escuchaba conversaciones como esa. Los chicos a menudo hablaban así: rápido, sin filtros, lanzando opiniones como si fueran pelotas de práctica.
Nobuyuki soltó una carcajada antes de girarse hacia el otro lado del escritorio.
—¿Y tú, Kuroo? —preguntó, divertido—. ¿Cuál es tu tipo?
Kuroo estaba aflojándose la corbata con una lentitud casi dramática. La soltó por completo, dejándola colgar alrededor de su cuello, y alzó la mirada hacia sus dos compañeros, con ese brillo afilado en los ojos que solía tener cuando se preparaba para provocar a alguien.
—Largo —dijo simplemente, con un tono seco y firme, como si eso bastara para cerrar el tema.
Yaku resopló enseguida, rodando los ojos.
—¿Otra vez con eso? —protestó—. ¿Cómo puedes preferir eso? El pelo corto es más fresco, más práctico, más…
—Aburrido —interrumpió Kuroo con una sonrisa torcida—. No hay nada mejor que una melena larga. Tiene... presencia.
—Tiene calor y enredos, eso es lo que tiene —replicó Yaku, cruzándose de brazos—. El pelo corto es eficiente. Tiene estilo.
—¿Y yo qué dije? —Kuroo alzó las cejas, burlón—. Yo prefiero drama, no eficiencia.
La discusión continuó entre ellos, como una pelota lanzada de un lado al otro de la cancha, con réplicas rápidas, bromas y miradas retadoras. Kuroo no le prestaba atención a nada más que al placer de fastidiar a Yaku, como si esa fuera la verdadera recompensa después del entrenamiento.
Ella, por su parte, seguía sentada a su lado, callada, sin intervenir. Su moño bien alto, su rostro sereno. Escuchaba. Observaba. Pero si alguien le hubiese preguntado, podría haber jurado que nadie, ni siquiera Kuroo, se había dado cuenta de que estaba allí.