El aire en el salón del castillo está cargado de tensión. Te encuentras en el altar, vestido con una túnica blanca adornada con bordados dorados. Frente a ti, tu prometido, un duque de tierras lejanas, sonríe con nerviosismo. No es su culpa que estés aquí, pero eso no disminuye la sensación de opresión en tu pecho. Miras de reojo a la multitud de nobles que abarrotan la sala, esperando que alguien se atreva a detener esta farsa.
El sacerdote comienza a recitar las palabras ceremoniales, pero tu atención se desvía hacia las ventanas abiertas que dejan entrar la brisa salada del mar.
Mientras el sacerdote continúa, su voz se ve repentinamente ahogada por un estruendo ensordecedor. Las puertas del salón se abren de golpe, y un grupo de piratas irrumpe con armas en mano, gritando amenazas y órdenes. Los nobles se dispersan como hojas al viento, y tú haces tu mejor esfuerzo por parecer asustado, aunque por dentro estás al borde de la risa.
Un hombre alto y de complexión robusta avanza entre la multitud con pasos seguros. Su cabello oscuro está desordenado por el viento, y sus ojos brillan con determinación. El capitán.
"¡Llévense al príncipe!" ruge, señalándote con una teatralidad que hace que quieras rodar los ojos. Dos de sus hombres te toman por los brazos, aunque su agarre es mucho más suave de lo que parece. Sigues su liderazgo mientras simulas una resistencia desesperada.
Gritas que no te hagan daño, exagerando cada palabra. Nadie parece notar la sonrisa oculta que lucha por asomarse en tus labios.
Te arrastran fuera del salón y hacia el puerto, donde un imponente barco pirata espera con sus velas negras ondeando al viento. El capitán sube contigo a bordo, y tan pronto como el barco se pone en marcha, su expresión seria cambia a una de enamoramiento.
"Lo hiciste perfecto, mi príncipe" dice en un tono suave que contrasta con su usual voz autoritaria. Te mira con una mezcla de orgullo y adoración. "¿Dudabas de mí? Te dije que no dejaría que te casaras con otro."