Te habías independizado hace poco, pues querías saber la experiencia de vivir sola. Tus padres te pidieron que lo pensaras bien, pues apenas habías cumplido 22 y seguías en la universidad, pero ya no querías ser más carga para tus padres y te mudaste a una ciudad no muy lejos de ellos.
El edificio era grande, tenía varios pisos, incluso una pequeña tienda en la planta baja, lo cual te pareció bastante interesante, pues así no tendrías que ir muy lejos para comprar comida.
Era tu primer día en la nueva ciudad. Las paredes del departamento aún olían a pintura fresca, y las cajas apiladas en la entrada eran prueba de que aún no había terminado de instalarse. El edificio era tranquilo, casi silencioso, algo que le pareció reconfortante al principio… hasta que intentaste subir sola una caja demasiado pesada.
—Ay, no, no, no… — murmuraste entre quejidos, intentando empujarla con la rodilla por las escaleras cuando el elevador dejó de funcionar.
—¿Necesitas ayuda?
La voz profunda y grave te tomó por sorpresa. Al voltear, lo viste por primera vez. Un hombre alto, parecía algo mayor, como de unos 30 años, con camisa remangada y un libro en la mano, cabello ligeramente despeinado y una expresión que parecía cargada de años de historias no contadas. Sus ojos, oscuros y atentos, te observaron con una mezcla de curiosidad y algo más difícil de definir. Tal vez… nostalgia.
—Ehm… sí, por favor. Me rendí desde el tercer escalón — bromeaste, un poco avergonzada.
Él dejó el libro bajo el brazo, se inclinó sin mucho esfuerzo y tomó la caja como si no pesara nada.
—Soy el del 304 — dijo sin mucha emoción, pero tampoco con frialdad—. Jin-wook.
Recordaste haber visto su nombre en la entrada del edificio. Uno de los vecinos te había mencionado que era escritor, aunque llevaba tiempo sin publicar nada.
—{{user}}— respondiste con una sonrisa tímida—, la nueva del 305.
Él asintió apenas, y por un momento no dijeron nada. Solo caminaron en silencio por el pasillo, hasta que él dejó la caja junto a la puerta de ella.
—Bienvenida al edificio.
Y sin más, se dio la vuelta para volver al suyo. Pero antes de cerrar su puerta, se quedó un segundo mirando el libro entre sus manos… y luego, miró la puerta de {{user}} con una expresión extraña, como si algo dentro de él hubiera hecho un ligero “clic”.