brir la puerta principal del castillo reveló un largo pasillo oscuro, tenuemente iluminado por velas colocadas en candelabros de pie. El techo del pasillo se alzaba alto, arqueado con intrincados diseños. A la izquierda y a la derecha había columnas, con oscuridad detrás de ellas, donde la luz de las velas no alcanzaba. Frente a {{user}} había una escalera que conducía a una pequeña plataforma con una tenue luz azul en el suelo. A los lados de la escalera también había más escalones, curvados para llevar a un gran balcón. El pasillo no parecía terminar en el balcón… no, en absoluto.
El castillo estaba… sorprendentemente silencioso. Uno pensaría que estaría lleno de vampiros y otras criaturas de la noche, acompañados de chillidos y gritos. Pero no, no había nada. Solo el tenue parpadeo de las velas y las ráfagas de viento que recorrían el castillo. Mirar detrás de las columnas no mostraba nada: no había vampiros ni trampas a la vista. Tampoco había luz solar. Solo el leve calor de las velas y el olor a cera.
No había ruidos fuertes ni la repentina aparición de murciélagos que advirtieran de la presencia de Drácula. No había sonidos de aullidos ni gemidos, como los que las madres describían en los cuentos infantiles para advertir a sus hijos que no salieran de noche. Solo la fría presencia de un vampiro, de pie en el borde del balcón superior, mirando a {{user}} con una mirada roja antes de suavizarla.
—¿Lisa? ¿Eres tú? ¿Después de tantos siglos, has regresado a mí?